Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

Puede que mañana sea muy tarde

Testimonios de los condenados

“Es que nunca tuve la oportunidad para hacerlo”

Este debe de ser uno de los peores pensamientos de aquellos atormentados en el infierno que escucharon el evangelio cuando estaban vivos. Pasaron por las puertas de la iglesia unas cuantas veces. Quizás incluso admitieron que eran pecadores. Estaban abiertos a ser salvos, en verdad lo estuvieron, incluso planearon hacerlo. Ellos desearon escapar del destino de los pecadores y ser nombrados entre la gran multitud de los bienaventurados; pero nunca llegaron a hacerlo. Pronto, siempre muy pronto, ellos por fin se arrepentirían de sus pecados y seguirían a Cristo. Pero la muerte no esperó.

Charles Spurgeon, predicando en 2 Corintios 6:2: “Pero ahora es «el tiempo propicio»; ahora es «el día de salvación»”, lo ilustra con mano temblorosa.

El gran error de la mayoría de los hombres es que dejan todo a última hora. No es que se propongan condenarse, sino que se proponen ser salvos mañana. No es que rechacen a Cristo para siempre, sino que lo rechazan hoy; y en verdad quizás los rechacen para siempre por rechazarlo perpetuamente “hoy”.

Estas almas miserables no entendieron lo que muchos en la tierra de los vivos no entienden hoy en día: Cristo es un Salvador urgente que nos rescata de una muerte inminente. Ellos escucharon el evangelio pero nunca lo entendieron como el evangelio auténtico que no se prometía volver a ser ofrecido. Ellos nunca entendieron que vivían la vida como si estuvieran jugando sobre una cuerda floja que se extendía a lo largo de dos cimas de montañas con un lago de fuego ardiente debajo, hasta que fue demasiado tarde.

¿Estás personas tenían algo de miedo? No. Aunque en cualquier momento, por casi cualquier motivo, podrían haber caído en picada hacia una muerte segura, aunque una brisa ligera podría haberlas llevado hacia su perdición, aunque un paso en falso podría haberlas acabado, aunque un solo segundo podría haberlas desmontado para siempre, ellos deslizaban sus pantallas, se reían, chateaban y tomaban decisiones a medias sobre el mañana, como si la muerte nunca pudiera encontrarlas y el infierno nunca pudiera alcanzarlas hoy. 

Aunque se les ofreció el propio Hijo de Dios, aunque Él fue hasta lo más profundo para salvarlos, aunque los habría salvado, aún así no se salvarían, al menos aún no. Estos oyentes se demoraron, se detuvieron y dejaron pasar el día de salvación por meses y años sin fin. “Tú continúa”, dijeron. “Estaré ahí pronto”, prometieron. Pero la muerte los alcanzó antes de que aceptaran a Cristo. Hoy nunca fue el momento correcto. La salvación siempre estuvo cerca; sin embargo, tan lejos como el mañana.

Estas personas postergaron el seguir a Cristo, rechazaron sus almas, y entonces cayeron en una perdición sin misericordia ni alivio.

Testimonio desde abajo

¿Quién haría tal cosa?

¿Quién iría lentamente a arrojarse al lago de fuego, condenándose a llorar y crujir sus dientes por los siglos de los siglos, todo porque no nunca priorizaron sus propias almas o nunca recibieron el regalo gratuito de la vida eterna mediante la fe en Cristo Jesús? ¿Quienes son estos perezosos espirituales que se mueren de hambre porque, a pesar de que tocan el plato de vez en cuando, nunca llevan el Pan a sus bocas para comerlo? Ellos tienen diferentes nombres y excusas pero el mismo final.

Permítenos encuestar a unos cuantos personajes que encontramos en las Escrituras, y tratemos de escuchar sus testimonios provenientes del otro lado.

Señor “Elige Su Muerte” (1496-1523)

Oigan ahora, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia». Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. (Santiago 4:13-14)

Sabía que eventualmente iba a morir, pero el cuándo moriría siempre sonaba distante. Pensaba seriamente sobre la primera vida, la vida actual, pero nunca sobre la vida que vendría. Siempre abierto a la religión, de hecho me hice la promesa, y a mi familia también, de que dejaría tiempo para ella en los siguientes años, cuando la vida se calme, cuando sienta un tipo de respiro en la mediana edad, cuando no esté ocupado con otras cosas. Creía completamente que viviría lo suficiente para que llegue ese momento. 

Con grandes planes y un calendario lleno y con la expectativa de ver muchos días más, morí. La muerte me sumergió, la vida me abandonó, y antes de siquiera poder pensar, “estoy muriendo”, ya me había ido. Me fui. Fuera de aquí. Para nunca volverme a ir.

Señor “Buey y campo” (1842-1925)

Cierto hombre dio una gran cena, e invitó a muchos. A la hora de la cena envió a su siervo a decir a los que habían sido invitados: “Vengan, porque ya todo está preparado”. Pero todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses”. Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego que me excuses”. (Lucas 14:16-19)

En esa vida, era un hombre de negocios exitoso que nunca dejaba pasar una oportunidad de inversión, aunque perdí más de una por la filantropía.

Después de la muerte prematura de un joven protegido, empecé a tener pensamientos incómodos sobre dónde estaría ese espíritu joven. Recuerdo haber visitado una iglesia una o dos veces e incluso recuerdo que lloré al escuchar del Salvador que murió para ofrecerme vida. Pero justo cuando estaba a punto de explorar más, un viaje urgente de negocios me llevó antes de cerrar la oferta que acababa de escuchar. El gran negocio de este mundo capturó mi corazón, y yo seguí postergando el gran negocio de mi alma.

Morí con una gran fortuna y muchas hectáreas de terreno, un precio lamentable por un alma

Señor “Recién Casado” (1939-2005)

También otro dijo: “Me he casado, y por eso no puedo ir”. (Lucas 14:20)

Recuerdo, muy vagamente, haber contemplado las enseñanzas de Jesucristo antes de casarme. Siempre quise volver. Nací fuera de un hogar creyente, entonces las creencias religiosas no tenían influencia en mí en absoluto. Por lo general, me sentía bastante contento con mi propia forma de ser y trataba de ser amable con los que eran amables conmigo.

Sin embargo, mi amigo Santiago era diferente. No lo podía negar. Él decía que se lo atribuye a ser seguidor de Jesús. Algo acerca de este hombre me intrigaba. Él me invitó a estudiar la Biblia juntos, y me sentí conmovido por el Jesús del Evangelio de Juan. Él era sabio, valiente y persuasivo. Pero, por aquellos años conocí a Claire. Ella me dejó claro desde el principio que no le interesaba la religión. Con un matrimonio y con hijos, Jesús se quedó en el camino.

Después de una larga vida juntos, que entonces consideraba feliz, ambos morimos, perdidamente enamorados.

Señora “Nunca Convencida” (1955-1999)

Entre ellos están los que se meten en las casas y se llevan cautivas a mujercillas cargadas de pecados, llevadas por diversas pasiones, que siempre están aprendiendo, pero nunca pueden llegar al pleno conocimiento de la verdad. (2 TImoteo 3:6-7)

Morí mientras estudiaba.

Me paré en frente de la puerta de la vida eterna, pero nunca la crucé; viví en el borde de la tierra prometida, pero nunca entré. Todos pueden dar testimonio de que la Biblia me fascinaba en la última década de mi vida. 

Tuve un pasado, todos lo sabían. Mis pecados me atormentaban, me agobiaban, y justo por eso busqué distracciones en las páginas interminables de libros interminables. No lo sé. Quizás esto tenía algo que ver con el motivo por el que siempre me atormentaban las preguntas y la curiosidad, pero nunca las decisiones ni la fe. Por mi parte, asumí que la “búsqueda de la verdad” estaba cerca de “poseer la verdad”. “Más cerca” eran mis palabras, me acercaba a Jesús como una asíntota: cada vez más cerca, pero nunca llegaba.

En cambio, llegué aquí.

Señor “Entierra Sus Muertos” (1863-1915)

Otro de los discípulos le dijo: «Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre». Pero Jesús le contestó: «Ven tras Mí, y deja que los muertos entierren a sus muertos». (Mateo 8:21-22)

Apuesto a que pocos hombres han pisado la tierra con mejor postura. Me enorgullecía de ser la definición propia de lo tradicional (preciso y respetuoso). Mis modales eran intachables, mi conducta era bien ordenada y debidamente proporcionada.

La desgracia de enterrar tanto a mi padre como a mi madre siendo un hombre joven fue mía. Mi papá era a quien más valoraba. Aún puedo ver cómo su semblante, que en sus días se semejaba al de un león, se desvanecía lentamente de este mundo. Las últimas palabras que salieron de sus labios me hablaron de su amor por Dios y me rogaron que siguiera a Cristo.

Había empezado a investigar las enseñanzas del cristianismo con él antes de su muerte. Mi intención era volver, pero por desgracia mi mamá se enfermó justo por el tiempo en el que él murió. Después de cuidarlos, mi hijo nació con discapacidades, y mi esposa cayó en depresión. Yo hubiese seguido a Jesús, pero los asuntos familiares consumieron por completo mi atención.

Era un hombre con moral, un hombre de familia, y el hijo más dedicado. Y ahora…

Puede que mañana sea muy tarde

No hay final para tales testimonios inquietantes. Piensa en estos hombres y mujeres completamente insensibles y ajenos  al hecho de que lo único que los mantenía a salvo de una pesadilla interminable era la pura bondad y paciencia de Dios, el Dios al que seguían ignorando y ofendiendo. Él les ofrecía a Su Hijo día tras día, ellos se negaron a recibirlo cada día. El objetivo de la paciencia de Dios era llevarlos al arrepentimiento, no alejarlos de él.

Querido lector, arrepiéntete y cree hoy. Clama a Dios por misericordia. Pídele que te de este nuevo nacimiento. No le des descanso hasta que responda. Él te responderá. Ya no lo pospongas ni descuides. Cristo es un salvador urgente, listo para rescatarte de una muerte inminente. Su evangelio es una oferta sincera,, pero tiene fecha de expiración. Hoy es el día de salvación. No se te promete ningún otro día.

Por: Greg Morse
Fuente: Tomorrow May Be Too Late
Traducido por: Mariafernanda Artadi


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