Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

Papá: El superhéroe que nuestros niños necesitan

Pasa suficiente tiempo en el parque de juegos y eventualmente escucharás a los niños querer superarse los unos a los otros. Ellos presumen ante sus amigos de ser más rápidos, más fuertes, o ser capaces de escalar tan alto como el cielo. Cuando estas clases de sparring pre adolescente escalan, usualmente pasan de ser alegaciones de grandeza de ellos mismos, a jactancias sobre sus papás increíbles. “¡Ah sí, bueno, mi papá puede saltar por encima de esas barras!” “¡Mi papá puede hacer eso con tu papá en los hombros!’ Toma estas palabras al pie de la letra y concluyes que sus papás son candidatos calificados para unirse a Los Vengadores. Pero aquellos de nosotros con lóbulos frontales completamente desarrollados sabemos que pensar en papá como un superhéroe es bastante tonto.

¿O no lo es? 

Estoy convencido de que estas charlas en el parque de juegos que hacen sonar a papá como Míster Increíble tienen raíces en la imaginación infantil y en la inspiración bíblica. Ahora, no estoy sugiriendo que los papás son el superhéroe que el niño necesita. No, ese puesto ha sido reclamado y completado por Cristo Jesús, que compartió en nuestra humanidad para “anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida” (Hebreos 2:14-15). ¡Hablemos de un superhéroe!

A los papás terrenales no se les pide hacer lo que solo Jesús pudo hacer como el Campeón supremo de la humanidad. Pero cuando consideramos el rol que se le pide desempeñar a los papás en la vida de sus hijos, “Mi papá es el superhéroe” se vuelve menos tonto de lo que inicialmente pensábamos. Te explico.

Presionando botones 

El Nuevo Testamento no incluye muchos versículos completamente dirigidos a los papás. Pero dentro de la limitada cantidad de tinta dedicada, hay un mandamiento que Dios inspiró al apóstol Pablo para que lo colocara dos veces. Tanto en Efesios como en Colosenses, los papás reciben instrucción que se centran en el mandamiento de “no provocar a sus hijos”:

Ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor. (Efesios 6:4)

Padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desalienten. (Colosense 3:21)

El hecho de que Dios eligiera duplicar estas palabras de precaución, no debería ser tomado a la ligera. 

A pesar de que dos palabras diferentes en griego descansan al costado de la palabra “provocar” en estos versículos, la idea básica es la misma. Provocar es hacer o decir algo que puede encender, incitar, despertar una reacción en la otra persona, y no siempre es algo malo. De hecho, a los creyentes se nos ordena considerar cómo podemos provocarnos mutuamente al amor y a las buenas obras (Hebreos 10:24), y Pablo reconoce a los Corintios por provocar o incitar a los creyentes a preocuparse por los demás (2 Corintios 9:2). La cuestión aquí con los papás no es que se produzca la provocación, sino más bien el resultado de ella. 

Papás, seamos honestos: Conocemos como luce la provocación mala. Es cuando hacemos ese comentario, cuando damos esa mirada, o hacemos eso que sabemos que sacará de quicio al niño. Como padre de cinco, me veo caminando por la casa como un piloto dentro de la cabina de un Boeing 747. Delante mío hay cientos de botones brillantes, y al interactuar con mis hijos, esos botones empiezan a parpadear y sonar en mi cabeza, rogándome que presione uno. Con una mirada fija, un comentario sarcástico, o respuesta precipitada, los papás pueden enviar instantáneamente al niño en un espiral de desánimo o enfado, que es precisamente el resultado que Pablo nos llama a evitar.

El superpoder del papá

Si bien es alarmante reconocer lo fácil que es provocar a un niño a la ira y desánimo, se vuelve aterrador cuando admitimos lo difícil que puede ser no provocar. En momentos de irritación o inconvenientes parentales, contener el ceño, el gruñido o el grito puede parecer imposible. En esas intensas batallas internas, la victoria está reservada para los papás que poseen esta característica de once letras: autocontrol. 

¿Alguna vez te has dado cuenta de que la Biblia habla del autocontrol de tal manera que lo pone a la misma estatura que un superpoder? “Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32). Los papás con autocontrol son mejores que los poderosos y mejores que los que toman una ciudad. Por otro lado, el padre que no puede controlar su espíritu es comparado con una ciudad que está lista para ser conquistada (Proverbios 25:28). En pocas palabras, un papá con autocontrol es el superhéroe que nuestros niños necesitan.

En particular, los niños necesitan a un papá que tenga el autocontrol para manejar el arma oculta que tenemos, la lengua. Los papás necesitamos desesperadamente andar en la casa con el seguro en los labios puestos para que nuestras palabras no salgan disparadas al azar. Ese pequeño órgano que se esconde detrás de la pared de los dientes, es el mismo que puede morder con más fuerza. 

Papás, sus lenguas tienen el poder de la vida y la muerte (Proverbios 18:21). Puede que por fuera parezcas un tipo normal, pero en realidad caminas por la casa como Conan el bárbaro, lanzando palabras que pueden atravesar como una espada (Proverbios 12:18). Quizás no asistas con regularidad al gimnasio, pero eso no te quita el poder de Thor con su martillo, completamente listo para destruir el espíritu (Proverbios 15:4). 

Imagina si esas bromas del parque de juegos entre compañeros fuera así: “¡Mi papá puede mandar ese carrusel de palabras muy lejos en el océano!” “Bueno, ¡el mío puede pensar en una cosa hiriente y no decirla!” No consideramos esas frases como una muestra de fortaleza sobrenatural, pero las Escrituras sí lo hacen. Ya me acerco a mis cincuenta, ahora veo con más claridad lo poderoso y precioso que es poseer autocontrol. Solía creer que la habilidad más grande era poder hacer lo que quería. Ahora creo que la libertad es poseer el autocontrol para no hacer las cosas que creo que quiero hacer pero de las que luego me arrepentiré.

Dos fuentes de fuerza

Entonces, ¿cómo podemos resistirnos a provocar la ira y desánimo de nuestros hijos? Personalmente, aprovecho dos estrategias en la pelea para dominar mi espíritu y mis palabras. La primera viene de Romanos 12:21: “No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien.” Los papás que se concentran solo en lo que tratan de evitar se quedan sin fuerzas para luchar contra la carne (Colosenses 2:21-23). Los síes sin noes no valen nada. La fuerza requerida para evitar las provocaciones proviene de centrarse en el impacto positivo que puede tener nuestro sí. 

Al concentrarnos en en los resultados positivos presentados en Efesios 6:4 y Colosenses 3:21, tenemos una visión convincente que perseguir:

Papás, levanten los espíritus de sus hijos mientras ellos viajan hacia la madurez en Cristo. Instruyan con bondad y corrijan con delicadeza para nunca pasen un día preguntándose si su papá está por ellos.

Inspiraciones como esta sirve como kriptonita a mi carne irritada e incómoda cuando quiere hacerme un tonto provocador (Proverbios 27:3).

Mi segunda estrategia es una simple meditación que tiene el efecto heróico de la picadura de la araña en Peter Parker. Cuando siento que me estoy enredando en la tela de la provocación, respiro profundamente (usualmente salgo para tener aire fresco), pongo mi mente en Jesús. Ironicamente, me concentro en los momentos en los que Jesús tuvo autocontrol para entregar el control. Cuando su ministerio terrenal estaba terminando, Jesús estaba en completo control: “Nadie me la quita.” Sin embargo, como sabemos, Él no mantuvo el control de Su vida, Él la entregó voluntariamente. “Yo la doy de Mi propia voluntad” (Juan 10:18). 

Pienso en el autocontrol que necesitó Jesús para ser crucificado por manos de hombres pecadores sin contraatacar, sin responder, sin dar vuelta atrás ni una sola vez. Y luego paso algunos segundos recordándome lo que Jesús logró. Él hizo camino para que los papás pecadores como yo recibamos el perdón de Dios y podamos restablecer la relación con Él. Como garantía de que ahora soy un hijo amado de Dios, el Espíritu Santo vive en mí. Este Espíritu en mí es el mismo Espíritu que levantó a Jesús de entre los muertos (Romanos 8:11).

Y ahí es cuando entiendo: aquel que anima por excelencia, vive en mí. No tengo que responder en formas que derriban y detienen a mis hijos. Padres, aquí les estoy dando uno de mis secretos. Una meditación rápida en el evangelio como esta puede convertir el pórtico de mi casa en el equivalente a la cabina telefónica de Clark Kent. Tiene el poder de tomar a un papá normal a punto de empezar a provocar, y llenarlo de autocontrol, lo cual lo transforma en el superhéroe con el que sus hijos siempre soñaron. 

Por: Matt Bradner
Fuente: Dad: The Superhero Our Kids Need
Traducido por: Mariafernanda Artadi

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