Olvídate de ti mismo
Seis caminos para mejores pensamientos
C.S. Lewis lo describe como el distintivo alegre de la humildad. Tim Keller lo llama la puerta a la libertad. John Piper lo nombra como el mejor amigo del asombro profundo. Y nosotros lo conocemos como uno de los regalos más elusivos de la tierra: el olvido de uno mismo.
El gozo, el verdadero gozo, no vive en la tierra de los espejos. La paz mental no se encuentra en nuestros pozos interiores, por más profundo que bajemos el balde de introspección. Ningún examen de personalidad puede meter al alma en contentamiento. Sí, tenemos que saber algo sobre nosotros para vivir bien en este mundo. Pero las personas más saludables raramente consideran las categorías psicológicas a las que pertenecen, raramente les importa cómo se comparan con otros. Principalmente se olvidan de sí mismos y viven.
Escribo estas palabras no tanto como Josué en la tierra prometida, sino más como Moises en el Monte Nebo. Puedo observar este Canaán del olvido de uno mismo, pero aún no habito ahí. He probado los gozos de esa tierra como el maná del cielo, como miel de la roca, y anhelo dejar este desierto y unirme a los santos cuyas alegrías son muchas y pensamientos sobre sí mismos pocos.
Solo Dios puede dar este don; solo Él puede sanar un alma encorvada sobre sí misma. Pero mientras oramos para que Él nos levante hacia arriba y hacia afuera, podemos hacer algo. Aquí unas cosas que nos pueden ayudar.
- Llena tu mente con Jesús.
- Obedece más de lo que analizas.
- Arrepiéntete y confiesa rápidamente.
- Piérdete en algo bueno.
- Acoge el llamado que Dios te ha dado.
- Dale gracias a Dios siempre y por todo.
Si te encuentras muy concentrado en ti mismo, considera conmigo estos seis pasos modestos hacia el gozoso olvido de uno mismo.
1. Llena tu mente con Jesús
Si alguna vez te has dicho que te olvides de ti mismo, que dejes de pensar en ti mismo, también has descubierto la impotencia de tal orden. El olvido de uno mismo pasa de manera indirecta: no es que nos olvidamos de nosotros mismos, sino que recordamos algo mejor. Parafraseando una frase de Thomas Chalmers, necesitamos el poder expulsivo de una nueva atención. Y nada merece más nuestra atención que Cristo Jesús.
El Padre nos manda a escucharlo (Mateo 17:5). El Espíritu es dado para glorificarlo (Juan 16:14). Los apóstoles nos piden que lo contemplemos (2 Corintios 3:18; Hebreos 12:2). Los ángeles nunca paran de alabarlo (Apocalipsis 5:6-14). Su riquezas son inescrutables; Sus glorias, incomparables; el gozo de aquellos que lo aman, inexpresable (Efesios 3:8; Hebreos 3:3; 1 Pedro 1:8).
Entonces, ¿cómo podríamos llenar nuestras mentes de Él? En alguna de las mil formas. Un Cristo inescrutable invita a la exploración creativa, y mientras más buscamos más encontraremos. Quizás puedes hacer de la lectura del evangelio un hábito diario; considera siempre tener un marcapáginas en estas historias bendecidas. O encuentra libros ricos de doxología sobre la persona y trabajo de Jesús. O conoce el amor de Cristo a través de las meditaciones de santos saturados de Cristo. O conviértete en el tipo de amigo o pareja que frecuentemente lleva la conversación hacia el Salvador. Como sea que lo hagas, busca hacerlo tu sol de mañana y estrella de atardecer, tu oasis de la tarde, y tu gozo de cada hora.
«Busca hacerlo tu sol de mañana y estrella de atardecer, tu oasis de la tarde, y tu gozo de cada hora. «
Tweet
“Estoy seguro” escribe Samuel Rutherford, “de que los santos en su mejor momento no son más que extraños al peso y valor de la dulzura incomparable de Cristo.” Y entonces, con Él, hazlo tu felicidad “para ganar diariamente nuevo terreno en el amor de Cristo” (The Loveliness of Christ, 22, 27), para captar un nuevo vistazo de Él, para disfrutar una nueva gloria en Él.
2. Obedece más de lo que analizas
Considera algunos escenarios familiares para la introspección. Acabas de terminar de liderar un estudio bíblico, y ahora, en el camino de vuelta a casa con tu compañero de apartamento, tu mente vuelve a reproducir media docena de los comentarios que hiciste. O mientras cantas en un culto de adoración colectiva, sigues midiendo tus emociones y comparando tu comportamiento con el de los que están a tu alrededor. O durante la cena con tu familia, repasas en tu mente un proyecto que acabas de entregar, preguntándote si debiste hacerlo de otra manera.
En momentos como estos (y muchos otros), el autoanálisis se puede sentir bien, hasta incluso responsable. No queremos dejar pasar nuestros errores y pecados; no queremos seguir siendo extraños a nosotros mismos. Sin embargo, al mismo tiempo, haríamos bien en considerar cómo el autoanálisis nos puede llevar a una desobediencia sutil.
Mientras sigas repitiendo momentos del estudio bíblico, no amas a tu compañero que va en el auto contigo. Mientras consideres tu propio corazón en la adoración, fallas en contemplar al Señor de quien habla la canción. Y mientras critiques y mentalmente vuelvas a hacer el proyecto del trabajo, fallas en ofrecerle a tu familia tu presencia completa. Incluso en la soledad, cuando el autoanálisis no nos priva de amar al prójimo, usualmente nos sigue distrayendo de otro tipo de obediencia: hacer nuestro trabajo, orar, dormir bien, o pensar en lo que es honorable, excelente y amable (Filipenses 4:8).
Hay un lugar para el autoanálisis; para prestar atención a nosotros mismos, mirarnos y confesar nuestros pecados (Lucas 17:3; 21:34; 1 Juan 1:9). Pero ese lugar no es la mesa de la cena, o la cama de nuestros hijos, o el escritorio del trabajo o cualquier otra esfera en la que Dios ha puesto en claro nuestra tarea. Allí, nos llama a estar “buscando… los intereses de los demás” (Filipenses 2:4), hablar palabras llenas de gracia (Efesios 4:29), trabajar con el corazón como para Él (Colosenses 3:23).
Entonces, cuando los pensamientos introspectivos se inmiscuyan en tu mente, no asumas que Dios espera que les des atención. En vez de eso, pregúntate, “¿estos pensamientos me están distrayendo de una obediencia más importante?” Si es así, dile a tu yo interior, “quizás debería pensar en eso en algún momento cercano, pero ahora mismo tengo un trabajo diferente por hacer.” Y luego pídele a Dios que te dé gracia para hacerlo.
3. Arrepiéntete y confiesa rápidamente
Imagina que se te acaba de caer un plato de cereal en la sala. Pero en vez de limpiarlo enseguida, continuas con tu día con el desastre de leche y cereales en el piso. Sigues teniendo destellos de eso; en la parte de atrás de tu cabeza, sabes que está ahí. Tienes una idea vaga de que te está malogrando las losas del piso, pero igual continúas con tu día.
Así de ridículo que suena este escenario, muchos de nosotros respondemos al pecado de manera similar. Digamos que en algún momento por la mañana, hicimos un comentario desconsiderado, o eludimos un deber sencillo, o acogimos un pensamiento retorcido. Pecamos. Pero en vez de limpiar el desastre enseguida, en vez de confesar el pecado rápidamente, nos detenemos. Seguimos pasando por encima del pecado. Y así caminamos a través de una neblina de vaga culpabilidad, acusación de fondo, y autoconciencia a tropezones.
“¡Oh, vaya paz que a veces olvidamos; oh, vaya dolor innecesario que llevamos; todo porque no llevamos todo a Dios en oración!” ¿Acaso no tenemos un Abogado en el cielo (1 Juan 2:1)? ¿Acaso no tenemos un Padre cuyo corazón se enternece hacia sus hijos que vuelven (Lucas 15:20)? ¿Acaso no tenemos un Evangelio lo suficientemente grande para todo pecado que podemos llevar?
Albergar la culpa no tiene poder expiatorio. Tampoco Dios nos dice que confesemos solo después de sentirnos terrible por la tarde. No, todo en Él, todo en el evangelio, todo en Su Palabra nos lleva a ir ahora, enseguida. Responde al primer pinchazo de culpa diciendo, “iré a mi Padre.” En verdad puedes sentarte, confesar tu pecado en ese momento, recibir perdón en Cristo, y continuar.
Dios promete que Él olvida los pecados que perdona (Hebreos 8:12). Seguramente eso significa que nosotros también podemos olvidarlos. Y al olvidar nuestros pecados, quizás también nos olvidamos de nosotros mismos.
4. Piérdete en algo bueno.
¿Cuándo fue la última vez que fuiste embelesado? Esta palabra se refiere a una de las experiencias más placenteras, y que más te hacen olvidarte de ti mismo que Dios da. Aquellos que son embelesados, escribe Winifred Gallagher, son “completamente absorbidos, absortos, fascinados, e incluso “llevados” … del estudio del erudito al oficio del carpintero, pasando por la obsesión del amante” (The Pleasures of Reading in an Age of Distraction, 86). Cuando nos embelesamos ante una belleza, una afición, una persona, nos perdemos, incluso si es solo por unos minutos, y luego nos encontramos mejor por ello.
Las Escrituras nos dan varios ejemplos de tal fascinación santa. A veces vienen en el contexto de la adoración, como cuando David respira luego de su “una cosa” (Salmo 27:4), o cuando Moises contempla la espalda de Su gloria (Éxodo 33:21-23). Sin embargo, en otros momentos, los santos se pierden en algo que Dios ha hecho, de las cuatro maravillas del hombre sabio (Proverbios 30:18-19) hasta la observación de aves de nuestro Salvador (Mateo 6:26), a la canción estridente del Salmo 104.
¿Cuándo fue la última vez que estuviste tan absorto, tan maravillosamente perdido? ¿Cuándo fue la última vez que te encontraste en un contexto en el que podrías estar? Muchos de nosotros hemos pasado mucho tiempo sin ir a caminar por el bosque, sin tomar asiento en una verdadera celebración, sin leer un libro mucho más hermoso de lo que puede ser “útil.” Lo sé, como padre de tres niños, esa vida no muchas veces permite tener tales pasatiempos. ¿Pero acaso no podemos acoger, como mínimo, la resolución de Clyde Kilby?
Debo abrir mis ojos u oídos. Una vez por día debo simplemente quedarme mirando un árbol, una flor, una nube, o una persona. Entonces no me preocuparé de preguntar qué son, sino que simplemente me alegraré de que lo sean. Les permitiré con gozo el misterio de lo que Lewis llama su existencia “divina, mágica, aterradora y extática.”
Por muy ocupado que estés, encuentra una manera, alguna manera, para perderte regularmente en algo bueno. Nosotros simplemente no podemos manufacturar tales experiencias; son regalos. Pero nos podemos posicionar ante la bondad de Dios en Su buen mundo. Podemos abrir nuestros ojos. Podemos caminar en algún sendero de placer lo suficientemente largo para perdernos.
5. Acoge el llamado que Dios te ha dado.
Por más autorreflexivo que pueda ser, solía pasar mucho tiempo devorándome mi alma. Mira mis diarios de días pasados, y vas a encontrar página tras página de una introspección agonizante. Pero luego verías que las entradas iban disminuyendo poco a poco hasta quedar página tras página en blanco. ¿Por qué? Por muchas razones, pero una de las más significantes es que estuve ocupado. Encontré más amigos. Tomé más (y más difíciles) clases. Empecé a trabajar más horas. Las tardes vacías y días solitarios dieron paso a llamados dados por Dios, un tipo de ajetreo bendito, un amigo del olvido de sí mismo.
Cuando los pensamientos oscuros nos atraen hacia el interior, cuando sentimos que estamos cayendo en el vórtice del yo, vaya regalo que es tener un esposo/a a quien amar, un niño a quien consolar, amigos a quienes servir, platos que lavar, vecinos a quienes ayudar, iglesias que construir, proyectos de trabajo que realizar, y otras necesidades por cumplir. Tales llamados dan una gloriosa objetividad a nuestros días. Como un hombre introspectivo, padre primerizo, me dijo recientemente, “cuando mi hija me necesita, Dios no espera que esté haciendo otra cosa.”
Definitivamente, evita todo tipo de prisa diabólica que no deja espacio para las mañanas tranquilas con Dios, momentos de calma a lo largo del día, descansos como tipo Sabbath. Pero sin dudas, consíguete algunos grandes llamados en la vida, y luego escucha en ellos la voz de Dios diciendo, “Esposo, ama a tu esposa” (Efesios 5:25), “Madre, instruye al niño” (Proverbios 22:6) “Amigo, estimula a tu hermano al amor” (Hebreos 10:24), “Cristiano, satisface las necesidades de los santos” (Romanos 12:13). En resumen, escucha en ellos la voz de Dios llamándote fuera de ti mismo.
6. Dale gracias a Dios siempre y por todo.
Finalmente, por más consciente de ti mismo e introspectivo que te sientas, decídete a dar gracias a Dios “en todo” (1 Tesalonicenses 5:18), “siempre.. y por todo” (Efesios 5:20)
La introspección mórbida y la gratitud a Dios se contraponen. Una nos lleva muy profundo por lo subterráneo; la otra alza nuestros ojos hacia un cielo grande y brillante. Una nos lleva hacia lo interior; la otra dobla hacia afuera. Una nos manda a un cuarto de espejos, donde nos vemos a nosotros mismos y, sin embargo, tan a menudo nos engañamos sobre nosotros mismos; y la otra llena nuestros pensamientos con el Padre de las luces, nuestro Dios bueno y dador (Santiago 1:17).
Filipenses 4:6-7 marca el camino desde la introspección ansiosa hacia una mente y corazón en paz.
Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús.
Dejamos la ansiedad interna no solo con echar nuestras preocupaciones en Dios, sino por hacerlo con “acción de gracias.” Pues el dar gracias nos pone en un lugar mucho más amplio que nuestros límites, donde vemos un pasado lleno de la fidelidad de Dios y un futuro vivo con Sus promesas; la cruz detrás de nosotros, el cielo delante nuestro. La acción de gracias nos vuelve a traer a la realidad, hablando un evangelio más alto que nuestros pensamientos internos.
Bajo el antiguo pacto, los Levitas “debían estar presentes cada mañana para dar gracias y para alabar al Señor, y asimismo por la noche” (1 Crónicas 23:30). Como hijos del nuevo pacto, ¿no podemos (al menos) igualar esta práctica piadosa? ¿Y si aclamamos la mañana y coronamos la tarde con gratitud? ¿Qué tal si, al menos dos veces al día, giramos para ver los muchos regalos que Dios nos ha dado, el bien y la misericordia persiguiéndonos a casa (Salmo 23:6)? Podríamos encontrar que la acción de gracias puede volverse una escalera para salir de nuestro sótano interior, un recordatorio de que Dios nos ayuda a olvidarnos de nosotros mismos.
Así que, busca llenar tu mente con Jesús. Obedece más de lo que analizas. Arrepiéntete y confiesa rápidamente. Piérdete en algo bueno. Acoge el llamado que Dios te ha dado. Y por muy estancado que te sientas en tu interior, dale gracias a Dios siempre y por todo.
Por: Scott Hubbard
Fuente: Forget About Yourself
Traducido por: Mariafernanda Artadi
Deja un comentario