Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

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(No) hablemos de sexo, cariño

Todos sabemos que los límites son vitales para las relaciones saludables, y especialmente para la relación de noviazgo. Incluso si has estado propenso a traspasar la línea que has trazado en el pasado, puedes admitir que es necesario trazar líneas entre quienes aún no están casados. Tal vez nunca seamos más vulnerables en nuestra vida que cuando comenzamos a compartir lo que somos con un nuevo novio o novia: lenta, cuidadosa e intencionalmente abrimos nuestro corazón, nuestra mente, nuestros horarios y sueños con alguien más. Si ignoramos los riesgos que corremos, el amor acabará lastimando más de lo necesario.

Probablemente puedas enumerar los típicos límites cristianos:

¿Qué tipo de toques se permiten?
¿Pasaremos algún tiempo juntos a solas?
¿Qué tan tarde podemos salir?

Tomarse la mano, sótanos, horas de llegada, citas en grupo, abrazos, besos; todo esto son puntos críticos comunes para el cortejo cristiano. Pero muy pocos están hablando de un conjunto importante de límites en las relaciones saludables: el hablar.

¿Han pasado tiempo tú y tu pareja hablando acerca de hablar? Este artículo no es un intento de construir otra celda en la prisión del noviazgo cristiano, sino de librar a más de ustedes de una trampa ignorada pero extendida en el noviazgo.

Muchos de nosotros simplemente descubrimos demasiado tarde que gran parte del sufrimiento del corazón en la relación se puede vincular con algo que dijimos demasiado pronto. Al fin y al cabo, nuestra parte más privada no es algo que alguien pueda tocar. «Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida» (Pr 4:23). Tocarse demasiado pronto seguramente pondrá nuestro corazón en manos no aptas y peligrosas, pero nuestras palabras pueden dejarnos igualmente vulnerables.

Hablemos de hablar

La mayoría de nosotros nunca hemos pensado en fijar límites conversacionales. Yo no estaba preparado cuando el padre de una novia me preguntó en los primeros dos meses de nuestra relación: «¿Han mencionado el matrimonio ya?».

[Una larga y extraña pausa]

«Mmm, sí… creo que sí hablamos de eso una vez…».

«Creo que no fue apropiado que hablaran de eso, y espero que cuides mejor a mi hija».

Me sorprendió totalmente con la guardia baja. Nunca había pensado siquiera que ciertos temas de conversación fueran inapropiados o peligrosos. Si se supone que el cortejo es la búsqueda del matrimonio, ¿no tendríamos que hablar de matrimonio? Sí, así es, pero con cuidado, y en el momento apropiado, y con prudencia. Para algunos, hablar de matrimonio puede ser tan íntimo como tocarse —o incluso más.

La confianza en un matrimonio no es solo para el dormitorio, sino para todo en la vida. Nadie pretendía que elaboráramos un programa para la vida con tres o cuatro casi-cónyuges. Puede sentirse divertido y emocionante hablar ahora sobre en qué momento del año podríamos casarnos, o cuántos hijos podríamos tener, o adónde podríamos ir de vacaciones, o qué tipo de ministerio podríamos asumir juntos, pero eso puede ser tan peligroso espiritualmente como la inmoralidad sexual. Algunos pueden verse tentados a hablar de sexo, a soñar en voz alta sobre lo grandioso que sería hacer el amor en el matrimonio. Puede sentirse seguro —«ni siquiera nos estamos tocando»—, pero en realidad es solo un esfuerzo apenas velado de disfrutar de la intimidad del sexo demasiado pronto sin cruzar límites físicos.

Tendrán que tener ciertas conversaciones al final, pero no se apresuren a tenerlas, y cuando las tengan, háganlo con precaución y autocontrol. Podrán disfrutar con seguridad el soñar juntos durante años —sin un asomo de culpa o peligro— si se casan.

¿Cuánto deberíamos hablar?

Hay al menos dos categorías en que pensar en lo que respecta a las conversaciones con un novio o una novia. Primero, vigila cuánto hablan y cuánto tiempo pasan juntos. Si somos serios respecto a cuidar nuestro corazón y mente, desarrollando una independencia saludable y anclando nuestra esperanza y gozo en Jesús más que en el otro, tendremos cuidado de cuánto tiempo estamos enfocados específicamente el uno en el otro. Puede sentirse ridículo e innecesario resistir el impulso de hablar todo el tiempo —ambos son curiosos, están entusiasmados y listos para salir a divertirse—, pero les hará un gran favor en el futuro, ya sea que se casen o no.

Mi esposa y yo cortejamos a larga distancia, así que nuestra situación será distinta a la tuya. Al principio, hablábamos alrededor de una vez por semana, normalmente durante treinta o cuarenta minutos, por un par de meses. Luego era un par veces a la semana. Después de seis meses más o menos, comenzamos a hablar casi todos los días, normalmente una hora o menos. Nunca hicimos el hábito de hablar por horas cada noche. Nunca nos hemos arrepentido de ello en el matrimonio, y hemos tenido muchas oportunidades de recuperar cualquier tiempo perdido.

Nuestro ritmo no era por coincidencia o por casualidad; era intencional. Queríamos honrar a Jesús y al otro más de lo que queríamos hablar (y realmente disfrutábamos de hablar). Los límites no fueron concesiones que hicimos por ser cristianos. Fueron libertades que ejercimos y disfrutamos, y reflejaban lo que más nos importaba. Los límites no solo revelan lo que decimos que creemos, sino también lo que realmente valoramos.

No comparto nuestra experiencia para escribir nuevas reglas o tratar de limitarte a una hora al día, sino para darte categorías para un deliberado autocontrol y paciencia. La sabiduría no será una cantidad de tiempo predeterminada para cada relación, así que tendrán que hablar de lo que parece saludable y apropiado para ustedes, y pedirles a amigos y familiares su opinión. Yo puedo decirte, desde mis propios fracasos en esta área, que no sucederá por accidente, así que no tengan miedo de iniciar la conversación acerca de sus conversaciones.

¿De qué deberíamos hablar?

Segundo, piensen de qué hablan cuando hablen. La limitación en el tiempo enfocará sus conversaciones; al menos así fue para nosotros. Cambiar tres o cuatro horas por cuarenta minutos significó que fuéramos más intencionales respecto a lo que conversábamos. Pero de cualquier forma vale la pena hablar sobre qué conversaciones no necesitan tener aún —o ni siquiera deberían tener aún.

No es necesario que resuelvan todo su futuro juntos en la tercera cita. No es necesario que hablen de su relación cada vez que conversen, ni siquiera la mitad de las veces. No es necesario que se recuerden el uno al otro por qué se gustan cada quince minutos. Realmente no necesitan hablar mucho del matrimonio hasta que sea razonable que realmente podrían comprometerse y casarse relativamente pronto. Las conversaciones como estas se convierten fácilmente en lugares donde nos comprometemos sin darnos cuenta en el momento. Nos permitimos deseos de intimidad sin tocarnos. Si ahora no tienen nada de que hablar excepto de su relación y su futuro, probablemente no tendrán mucho de que hablar si efectivamente se casan.

Tengan una conversación acerca de qué tan a menudo deberían analizar su relación. Busquen consejo acerca de una buena línea de tiempo para hablar de matrimonio. Apóyense en otros para decidir sobre un buen momento para hablar de sus relaciones pasadas. Definan la relación de vez en cuando, y comuniquen sus sentimientos e intenciones claramente, pero pasen significativamente más tiempo hablando de lo que Dios les está enseñando, cómo están creciendo en la gracia, y dónde están ocupando su energía y dones por el bien de los demás.

Por: Marshall Segal © Desiring God.

Fuente: “Let’s (Not) Talk About Sex, Baby”.

Traducido por: Elvis Castro de Proyecto Nehemías.

Edición: Daniel Elias.

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