Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

La pereza y la alegría de Dios

En algún momento del día, te vas a encontrar con una tarea que necesitas hacer pero vas a preferir no hacerla.

Te vas a quedar mirando con temor tu libro de Anatomía y Psicología. O vas a escuchar a un niño de tres años haciendo caer el frasco de golosinas en el piso de la cocina. O te vas a acordar que tienes que entregar un reporte técnico hoy mismo. O vas a ver platos sucios con comida en la encimera.

Y en ese momento, puede que la voz de la pereza suene fuerte. “Agarra tu celular” o “coje algo para comer”, y te va a insistir. O quizás de una manera más sutil: “Ocúpate primero de otras tareas”. A mi propia pereza le encanta esconderse detrás de un espectáculo de ajetreo y trajín. A veces tacho de la lista docenas de tareas mientras ignoro la más importante y necesaria, como un hombre que esquiva un gran hoyo en el piso de la sala para desempolvar los estantes.

Las Escrituras despiertan nuestro espíritu perezoso de muchas maneras:

  • “Mira al futuro”, dice Proverbios 20:4, “y recuerda que la pereza de hoy trae dolor mañana”.
  • “Mira a los que están alrededor tuyo”, dice Proverbios 10:26, “y recuerda que la pereza debilita el amor”.
  • “Mira tu propia tranquilidad”, dice Eclesiastés 5:12 “y recuerda la dulzura del sueño del trabajador”.

Junto a estos recordatorios necesarios, recientemente he encontrado ayuda de otro: No hay tarea, por muy desagradable que sea, que no puedas realizar con gozo.

Sirve al Señor con alegría

El poder de la pereza viene de esta creencia no expresada: No puedo hacer esta tarea que se me ha encomendado con gozo. Por lo tanto, si la voy a hacer, voy a tener que juntar toda la fuerza de voluntad que pueda.

Pero eso no es verdad. Puedes leer el libro, limpiar las golosinas, escribir el reporte y lavar los platos con gozo. Puede que no te rías mientras lo haces. Puede que no ames la tarea de tal manera que tires más golosinas al piso solo por diversión. Pero el mandamiento “sirvan al Señor con alegría” no es solo para nuestros tipos de servicio favoritos (Salmo 100:2). Estas palabras se aplican dondequiera y siempre. Y si Dios ordena la alegría, Dios puede dar alegría.

El apóstol Pablo hizo su propia versión de “servir al Señor con alegría” cuando se dirigió a los esclavos en Éfeso. La servidumbre no era una situación envidiable en el mundo antiguo. Las tareas ingratas y agotadoras llenaban los días de muchos siervos. Sin embargo, igual Pablo llamaba a estos hermanos y hermanas a que “sirvan de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres” (Efesios 6:7).

Para los cristianos, lo opuesto a la pereza no solo es trabajar duro, sino más bien trabajar duro con alegría y buena voluntad. Sé que puede sonar desalentador – “¿Me estás diciendo que no solo tengo que lavar los platos, sino que de alguna manera debo disfrutar hacerlo?” Pero permíteme reformular el llamado de esta manera: En Cristo, no tienes que lavar los platos mientras murmuras y te quejas. De hecho, sí puedes hacerlo con alegría. Y si crees que puedes hacer cualquier tarea con alegría, tienes más probabilidades de dar el primer paso.

¿De dónde proviene la alegría? Viene de dos pequeñas palabras en Salmo 100:2 y Efesios 6:7: “el Señor”. Sea cual sea la tarea que tengas por delante, el Señor Jesús te comisiona y promete darte las fuerzas y darte recompensa.

«En Cristo, no tienes que lavar los platos mientras murmuras y te quejas. De hecho, sí puedes hacerlo con alegría.»

Jesús te comisiona

Varios años atrás, un amigo oró por mí de una manera que aún me impacta. Él dijo: “Padre, por favor ayuda a Scott a hacer su trabajo hoy como si Jesús mismo le hubiera pedido que lo haga, como si Jesús mismo fuera su jefe”. Nunca había pensado de esa manera sobre mi trabajo, y eso marcó una diferencia.

Pablo nos guía a encontrar al Señor Jesús en los detalles de nuestros llamados dados por Dios. Los siervos de Éfeso eran antes que nada “siervos de Cristo” que servían “al Señor” (Efesios 6:6-7). O como les dijo a los siervos en Colosas: “Es a Cristo el Señor a quien sirven” (Colosenses 3:24). Día tras día, estos siervos escuchaban las órdenes de sus amos: “Prepara la cena” o “limpia la entrada” o “entrega esta carta”. Pero detrás de cada instrucción, Jesús quería que oyeran Su voz.

¿Cómo limpiarías tu sala si fuera Jesús mismo el que te pide que lo hagas? ¿Cómo sacarías la basura? ¿Cómo estudiarías para un examen, o prepararías una presentación, o servirías a un miembro de la iglesia con quien no es fácil llevarse bien? ¿Recibirías la tarea de una manera diferente si viniera de la Persona que dio su vida por ti, resucitó por ti y te rescató?

Solemos trabajar felices cuando amamos a la persona para quien trabajamos. Y los cristianos trabajamos para el Señor Jesús en lo que sea que hagamos, ya sea que pasemos productos en la caja, entreguemos paquetes, cambiemos pañales o hagamos cirugías (Colosenses 3:17). Nuestra empresa es el Reino de los Cielos. Nuestro jefe es Cristo el Señor. Entonces cuando enfrentes una tarea desagradable hoy, recuerda que el trabajo viene de Aquel que te ha amado con amor eterno.

Por supuesto, en un mundo digital como el nuestro, no todas las tareas que se nos presentan son para que nos hagamos cargo; no tenemos que satisfacer todas las necesidades que escuchamos. Pero si la tarea que tenemos delante forma parte de nuestro llamado; como esposo o esposa, papá o mamá, estudiante o empleado, y así sucesivamente; entonces podemos asumir con seguridad que esa tarea o trabajo viene de lo alto.

«Nuestra empresa es el Reino de los Cielos. Nuestro jefe es Cristo el Señor.»

Jesús te fortalece

A veces, vemos la tarea que tenemos por delante, la comparamos con nuestros propios deseos y fortalezas, y nos preguntamos de dónde vamos a conseguir los recursos que necesitamos. Cuando nueve décimas partes de nosotros nos ruega hacer cualquier cosa menos escribir el trabajo de investigación o limpiar las canaletas, ¿de dónde consigue ayuda esa décima parte que queda?

En Secretos Espirituales de Hudson Taylor, el gran misionero en China nos da una imagen que vale la pena recordar mientras enfrentamos trabajos no deseados.

Poco le importa a mi sirviente si lo envío a comprar cosas que valen unos cuantos centavos, o los artículos más costosos. En ambos casos, él me busca para darle el dinero y me trae las compras. De igual manera, si Dios me pone en una situación muy perpleja, ¿acaso no me dará mucha guía? En posiciones de gran dificultad, ¿no me dará mucha gracia? En circunstancias de mucha presión y en medio de grandes pruebas, ¿acaso no me dará mucha fortaleza? (165)

De la misma manera, tiene poca importancia ya sea que Dios nos mande a hacer una tarea grande y emocionante o una que preferiríamos ignorar a lo largo de toda nuestra vida. Si Él nos da trabajo que requiere más fuerzas de las que tenemos, ¿acaso no suplirá también lo que nos falta? Nuestro Señor no es el Faraón; si nos pide que hagamos ladrillos, ¿acaso no nos dará la paja (Éxodo 5:5-9)?

Muy a menudo, al quedarme mirando cierta tarea, asumo que mi debilidad y falta de voluntad no se pueden cambiar. Pero cuando pienso de esta manera, no tomo en cuenta a Aquel que “obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención” (Filipenses 2:13). No cuento con la posibilidad de servir “por la fortaleza que Dios da” (1 Pedro 4:11). Asumo que la oración no tiene poder para cambiar cómo me siento.

Jesús no solo no da el trabajo que hacemos. Él también nos lleva de la mano y nos fortalece para hacer el trabajo, si tan solo pusiéramos nuestra mirada en Él, dependiéramos en Él, y confiáramos en Sus promesas. “Señor ayúdame a servirte con alegría”, es un pedido que Él ama responder.

Jesús te recompensa

Claro que vamos a enfrentar tareas más complicadas que lavar los platos y hacer la tarea. Pero no excluyas estos deberes pequeños del trabajo que Dios ha puesto delante tuyo y por la que te dará tu recompensa. ¿No es una recompensa acostarte en la noche, agotado pero satisfecho? ¿No es una recompensa decir con Pablo: “he trabajado mucho…  aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí” (1 Corintios 15:10)? ¿No es una recompensa aunque sea escuchar un susurro del “bien hecho” de nuestro Señor? Si podemos glorificar al Señor al comer y beber (1 Corintios 10:31), entonces podemos glorificarlo al leer, escribir, limpiar, servir, planear y al hacer cualquier otro trabajo pequeño que nuestra pereza intenta hacernos rechazar.

Tenemos un Señor muy amable y bondadoso. Si Él nos comisiona, nos fortalece, nos recompensa de esta manera, no tenemos que hacer caso a nuestra pereza cuando nos dice que solo nos espera trabajo pesado y doloroso. En vez de eso, podemos enfrentar las tareas desagradables, orar por ayuda, y entonces, con las promesas de Dios en las manos, servir a nuestro Señor Jesús con alegría.

Por: Scott Hubbard
Fuente: Laziness and the Gladness of God
Traducido por: Mariafernanda Artadi

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