Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

Escucha bien para amar bien

Una vez tomé una clase de consejería en la que, en una sesión grabada con otro estudiante, mi único trabajo era escuchar y dar retroalimentación apropiada a través de resúmenes de lo que he escuchado y de mi lenguaje corporal. La sesión empezó y en cuestión de segundos estaba completamente atraída, no a la persona que estaba hablando sino a la mini pantalla en la esquina de la grabación que reflejaba mi cabello grasoso (¿por qué no me bañé antes de venir?) y una alarmante cantidad de líneas alrededor de mis ojos, lo que me recordó al papel arrugado de un acordeón (un recordatorio para ir por crema para ojos a la farmacia). Luego, horrorizada por mi escucha a medias, empecé a asentir mucho con mi cabeza. Mucho. La grabación aún hace que me avergüence. Menos mal solo era una sesión de práctica. Cuando se refiere a escuchar, tengo un largo camino por aprender. 

Escuchar es un trabajo difícil. Mientras que nuestros oídos automáticamente reciben ondas de sonido y las conducen hacia nuestro cerebro, eso no significa que siempre escuchemos a otras personas. Quizás incluso nos preguntemos si escuchar bien vale la pena. Hay muchos otros trabajos santificadores por hacer en nuestras vidas, y a veces escuchar parece tan esencial como una taza de café descafeinado por las tardes. Agradable y caliente para tener en nuestras manos, bueno con un postre, pero sin gusto.

Hechos para escuchar

Tenemos una larga trayectoria en escuchar, lo cual lo convierte en algo esencial para quienes somos, pero difícil de hacer bien. Sarah Clarkson escribe, “Por naturaleza somos personas oyentes. Si fuimos creados por la Palabra de Dios, entonces, en nuestro interior, debemos ser oyentes y prestar atención a la palabra que nos dio vida” (Reclaiming Quiet, 30). Génesis 1 es “y dijo Dios” en repetición. Diez veces de hecho. Y ¿qué pasa? El universo florece como una margarita en el sol. Como dos bailarines expertos en tándem, Dios habla y la creación responde. 

Eso es, hasta que ignoramos Su voz. Adan y Eva pueden haber escuchado las instrucciones de Dios para una vida feliz en el jardín, pero no escucharon Su corazón (Génesis 3:1-6). El pecado ahora hiere nuestros oídos. Escuchamos la voz del Señor como si nuestros oídos estuvieran llenos de algodón. Expresamos nuestras opiniones sin entendimiento (Proverbios 18:2) y fácilmente nos hacemos “tardos para oír” (Hebreos 5:11). En vez de ser prontos para oír (Santiago 1:19), movemos nuestros labios sin recordar la facilidad con la que atrapan el alma (Proverbios 18:7). 

Hay mucho más en juego de lo que se imagina. Dietrich Bonhoeffer, en su libro «Life Together», va tan lejos como para decir que escuchar es nuestro primer servicio para el cuerpo de Cristo. Él sostiene que al escuchar, nos unimos a la obra de Dios en la vida de las personas, señalándole a Él como el que, «no solo nos da Su Palabra, sino también nos presta Sus oídos» (97). Dietrich le dice a los que anhelan enseñar y ministrar, «nosotros debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar la Palabra de Dios» (99). Y advierte a los que prefieren dejar el tema de escuchar a los terapeutas del mundo y a las buenas personas: «Cualquier persona que piense que su tiempo es muy valioso como para mantenerse en silencio, eventualmente no tendrá tiempo para Dios ni para su hermano, solo para él mismo y su necedad» (98).

Trabajo digno

Aún así, ¿por qué trabajar en algo tan ingrato como escuchar, especialmente cuando nadie garantiza devolver el favor? Quizás estás cansado de compartir algo tierno, vulnerable, vergonzoso y que te define como persona, solo para que otras personas lo conviertan en algo suyo, cojan el teléfono, nunca te hagan ninguna pregunta al respecto o den golpecitos con los dedos sobre la mesa. Es más fácil recordar la última vez en la que fuimos malinterpretados que en la que fuimos verdaderamente escuchados.

Entonces, ¿vale la pena escuchar sabiendo que no se te devolverá el favor a cambio? La respuesta siempre es sí. Escuchar es un trabajo digno que vale la pena. Es un honor y un privilegio ver y manejar lo que Paul Tripp llama “porcelana fina». Cuando escuchas a una persona, la ves de maneras que de otro modo serían imposibles.

Si se nos ordena, “Gócense con los que se gozan y lloren con los que lloran” (Romanos 12:15), entonces la manera de llegar ahí es escuchando. No podemos involucrarnos genuinamente con las alegrías y lamentos de los demás si no nos tomamos el tiempo para escucharlos. A pesar de que el corazón humano sea tan profundo como el océano, “el hombre de entendimiento lo sacará” (Proverbios 20:5).

En una palabra, escuchar es amor vestido de humildad. Cuando ofrecemos nuestro oído al otro, nos ofrecemos a nosotros mismos y mucho más que nosotros mismos. La escucha fiel toma la mano del otro en la nuestra y conduce a esta persona hacia el Maestro Escuchador. Extendemos amor al imitar al Dios cuya atención nunca está dividida y quién responde de tal manera que nos hace exclamar junto con la mujer samaritana en el pozo de agua, “Vengan, vean a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho” (Juan 4:29). Nosotros seguimos Su ejemplo.

«Así como amamos porque Él nos amó primero, también escuchamos porque hemos sido escuchados.»

Nuestro Maestro Escuchador

El Antiguo Testamento nos asegura que Dios escucha a Su pueblo desde el hoyo, la cárcel y el desierto. Agar lo conoció cuando fue exiliada de todos los oídos excepto del Señor. Ella fue escuchada en su momento de crisis y llamó al Maestro Escuchador “un Dios que ve” (Génesis 16:13). Ana, intoxicada por el dolor, tuvo la suficiente claridad para saber que “claman los justos, y el Señor los oye” (Salmo 34:17). Dios escuchó a Su pueblo cuando estaban dando vueltas y les envió alimento del cielo y agua de la roca. Él pintó un arcoiris de Su fidelidad a lo largo del cielo; empleó a Jael, que empuñaba una estaca, para ganar una guerra; se apareció en el horno de fuego ardiente; y detuvo el genocidio que pidió, a la que muchos le dirían, la reina de belleza. Dios escucha activamente, y se mueve para satisfacer nuestras necesidades más grandes.

Nos movemos al Nuevo Testamento, y vemos la exquisita escucha de Dios encarnado. Jesús escuchó la pregunta detrás de las preguntas de las personas; los hombres sentían la realidad de que “no hay cosa creada oculta a Su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13). Cuando escuchaba al hombre rico, Jesús no estaba encantado por su obediencia impresiva y conocimiento de la ley, tampoco estaba cegado por la charla de las mujeres en el pozo. Al escucharlos, Él los vió completamente. ¿Qué discípulo o fariseo no fue entendido completamente cuando habló con Jesús? 

Incluso ahora, Cristo vive para escuchar e interceder por nosotros (Hebreos 7:25). Entonces, en vista de que tenemos sus oídos 24/7 ¿quizás podemos prestar el oído a nuestro hermano por unos cuantos minutos? Así como amamos porque Él nos amó primero, también escuchamos porque hemos sido escuchados. Y no de manera ligera (con cabello grasoso y las distracciones por las arrugas de expresión), sino de tal manera que llena nuestros anhelos de ser conocidos. Alguien nos entiende y no se ha alejado de nosotros. Podemos acercarnos a los demás sin pedir un pago a cambio porque tenemos un Dios que ama escucharnos. Puede que escuchar sea amor vestido de humildad, pero aquellos que lo llevan puesto son un bálsamo para los ojos en un mundo del que Ernest Hemingway se quejaba diciendo, “la mayoría de la gente nunca escucha”.

Es cierto que nuestra escucha siempre será una prenda con huecos. Pero eso no es motivo para rendirnos. Nuestros fracasos e inconsistencias nos servirán si nos hacen más dependientes del Único que tiene un oído santo.

Por: Jessica B.
Fuente: Listen Well to Love Well
Traducido por: Mariafernanda Artadi

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