Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

Cuando no sabes qué hacer

¿Cuándo fue la última vez que una prueba vino con tanta rapidez y fuerza que no supiste qué hacer?

Mi esposa había vivido con dolor crónico por ocho años. Sin embargo, hace poco despertó una mañana con nuevas preocupaciones acerca de su salud que trajeron otra dura, confusa y aterradora realidad, una realidad pesada que es colocada encima de la que ya estamos viviendo día a día. Nos acabábamos de mudar a una nueva casa, y estábamos yendo a una nueva iglesia. Yo era el nuevo pastor de esa iglesia. Nuestro hijo recién tenía seis semanas de nacido. 

Sentimos que los ejércitos de nuestras circunstancias se acercaban a nuestro alrededor dejándonos sin lugar a dónde ir. Como esposo y padre, me sentí completamente fuera de balance. Nadie podía animarme. Me sentí incapaz de ayudar a mi esposa, abrumado por el peso de su sufrimiento. ¿Por qué, Dios? Incluso después de años de su dolor crónico, viendo el bien que Dios hace a través de eso, sentí que había regresado al nivel uno de la fe, pendiendo solo de un hilo. Se suponía que debía estar pastoreando a otros, pero sentía que no podía decir otra palabra a Dios más que: “ayúdame”. 

Pretendiendo autosuficiencia

Alrededor de ese tiempo, encontré la historia de un rey que se sintió incapaz de proteger y cuidar a las personas de las que era responsable. Un rey que también estaba abrumado con miedo. El rey Josafat descubre que hay una “gran multitud” viniendo pronto a atacar a su pueblo (2 Crónicas 20:1-2), ellos saben que es un ejército con el que no pueden competir por sí mismos. 

La mayoría de nosotros nunca sentiremos lo que él sintió, nosotros literalmente nunca vamos a estar bajo ataque de un gran ejército marchando a nuestra puerta, Pero todos nos podemos identificar con circunstancias abrumadoras en nuestras vidas que nos hacen sentir atrapados, débiles, y seguros de que no podremos seguir por más tiempo. La Biblia es honesta en cómo se sintió el rey Josafat cuando recibió la noticia de que un ejército, que garantizaba destrucción, estaba dirigiéndose a él, estaba con miedo (2 Crónicas 20:3). Su respuesta a ese miedo es remarcable. Él proclama un ayuno en todo Judá y reunió a las personas para buscar al Señor y Su ayuda (2 Crónicas 20:4).

Esta no es una respuesta natural humana. Si alguien nos pregunta cómo nos está yendo en la iglesia, la respuesta casi automática que sale es “estoy bien”. Nuestros perfiles ponen lo mejor de nosotros, imágenes más cuidadosamente retratadas de fortaleza y suficiencia. Nosotros no admitimos fácilmente que a menudo estamos asustados, quebrantados, solos, desesperados, cayendo en pecado y luchando para ver y confiar en Dios.

Josafat pudo haber pretendido no estar asustado. Él pudo haber actuado como si tuviera todo bajo control. Pudo haber reunido a los generales y hacer el mejor plan posible. En lugar de eso, él reunió a las personas, admitió sus debilidades, y buscó la ayuda del Señor en conjunto; en lugar de eso, oró. Él ora, “Porque no tenemos fuerza alguna delante de esta gran multitud que viene contra nosotros, y no sabemos qué hacer; pero nuestros ojos están vueltos hacia Ti” (2 Crónicas 20:12). Josafat no solo acude a Dios en oración, sino que también llama a otros a orar con él.

¿Acaso no lo hizo Dios?

Josafat no está desesperado mientras admite que tiene miedo y que no tiene ningún plan. De hecho, su oración resuena con audacia y firme esperanza en el Dios de su pueblo. ¿De dónde viene esta valentía? 

“¿No fuiste Tú, oh Dios nuestro, el que echaste a los habitantes de esta tierra delante de Tu pueblo Israel, y la diste para siempre a la descendencia[d] de Tu amigo Abraham?  Y han habitado en ella, y allí Te han edificado un santuario a Tu nombre, diciendo:  ‘Si viene mal sobre nosotros, espada, juicio, pestilencia o hambre, nos presentaremos delante de esta casa y delante de Ti (porque Tu nombre está en esta casa), y clamaremos a Ti en nuestra angustia, y Tú oirás y nos salvarás.’” (2 Crónicas 20:7-9)

La esperanza de Josafat está edificada sobre las promesas y la presencia de Dios. Es el nombre de Dios el que mora en Judá, y es por eso que Su gloria está en juego en esta gran multitud que marcha en contra de ellos. Josafat sabe que Dios es apasionado por Su gloria y es fiel para cumplir todas Sus promesas, entonces ruega a Él confiadamente y con franqueza sabiendo que él encontrará ayuda oportuna a causa del pacto de amor de Dios (Hebreos 4:14-16). 

De la misma manera, aún cuando nos sentimos abrumados por nuestras circunstancias, la esperanza firme vive y perdura en las promesas de Dios a nosotros en Cristo. Jesús es el Buen Pastor quien nos guiará aún en el valle de la sombra de muerte, siguiéndonos con Su bondad y misericordia todos los días de nuestras vidas (Salmo 23:4,6). Jesús no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha que apenas arde (Isaías 42:3). Jesús derramará Su gracia suficiente mientras nos gloriamos en nuestras debilidades (2 Corintios 12:7-10). Nada nos separará del amor de Dios en Cristo Jesús nuestro Señor en tanto hace que todo obre para nuestro bien (Romanos 8:28-29).

Cuando tenemos miedo, oramos con confianza debido a estas verdaderas y fieles promesas, promesas que son nuestras porque Jesús sangró y murió para hacernos hijos e hijas de Dios.

¿A través de quién habló Dios?

Mientras Josafat junta a las personas para orar, Dios envía fuerza y ánimos de una manera inesperada. El Espíritu de Dios no llena a Josafat sino a un hombre llamado Jahaziel (2 Crónicas 20:14). Jahaziel se pone de pie y dice, “así les dice el Señor: ‘No teman, ni se acobarden delante de esta gran multitud, porque la batalla no es de ustedes, sino de Dios.’” (2 Crónica 20:15). No temas, Dios luchará por nosotros, y a pesar de todo lo que podemos ver, ganaremos (2 Crónicas 20:17).

La palabra particular de esperanza que necesita ser dicha no siempre viene del rey, o, en nuestros días, del pastor o del líder de grupos pequeños. Mientras sufrimos, compartimos nuestras cargas el uno con el otro, buscamos al Señor juntos en oración, Dios muchas veces hablará a través de alguien más.

Nuestra sociedad individualizada, por lo menos en el Oeste de los Estados Unidos, ha invadido regularmente nuestras iglesias. Nos juntamos una vez a la semana para cantar, orar, participar de la Mesa del Señor y escuchar la exposición de la Palabra (¡Sigue siendo hermoso!), pero a menudo no vivimos como una familia comprada por sangre, por lo menos no como la que vemos en el Nuevo Testamento (Hechos 2:42-47; 20:28).

Los miembros de la iglesia primitiva eran tan unidos, y el amor inmensurable de Jesús era tan prevalente entre ellos, que ninguno contaba sus posesiones como propias. Con mucha alegría satisfacían las necesidades del otro. El apóstol Pablo llama a los cristianos a que se le unan en oración, para que mientras más oren y Dios responda, Dios reciba más gloria. (2 Corintios 1:11). Se siente más fácil y sencillo y más cómodo mantener nuestras luchas para nosotros mismos y buscar nuestras propias respuestas. Pero Dios ha puesto a los creyentes en un cuerpo, en una familia en la que Él manifiesta su amor a través del cuidado mutuo y la oración.

En otras palabras, si no dejamos que otras personas entren a nuestras pruebas y crisis, nos perdemos de la bendición que pudimos haber recibido por parte de Dios.

¿Cuál es nuestra victoria?

Las personas de Judá recibieron las palabras de Jahaziel con gozo. La mañana siguiente, Josafat los llama a creer en la Palabra del Señor, y salieron al encuentro del ejército. Oh, que hiciéramos una pausa y nos preguntemos si creemos en la Palabra de Dios, recibiendo el testimonio del Espíritu acerca del cuidado del Padre para nosotros en nuestros corazones (Romanos 8:15-16).

Una vez más hacen algo sorprendente, enviaron primero a la banda (2 Crónicas 20:21-22). Esta no es una práctica sensata para ganar una batalla. Es una práctica sensata para la alabanza, cuando confías en el Dios que te ha dado una promesa. Mientras ellos empezaban a cantar, el Señor encamina al ejército más grande y fuerte. Israel alaba Su nombre por la gran victoria.

Puede que estés pensando, ¿cómo puedo alabar cuando parece que el Señor no está ganando la batalla de esa manera para mí?, ¿cómo podemos alabar mientras nos dirigimos hacia lo que parecen probabilidades abrumadoras, sin palabra específica de Dios acerca de nuestra situación?

La respuesta es que nuestra victoria en Cristo es tan segura como la victoria prometida a Judá, si creemos en lo que Dios ha dicho en Cristo. La Biblia nos promete que, sea lo que enfrentemos o suframos o perdamos, a los que Dios predestinó son llamados, aquellos llamados son justificados, y aquellos justificados son glorificados. Es seguro. Para nosotros “el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).

Da la bienvenida a Dios (y a otros)

Podemos dejar nuestra autosuficiencia e invitar a otros a nuestros miedos, y luego orar y alabar expectantes, sabiendo que de una manera u otra nuestra victoria es segura. Tan segura como la victoria de Judá sobre los Amonitas y Moabitas.

Entretanto mi esposa y yo hemos caminado a través de nuestra prueba actual, hemos sentido a Dios guiándonos a dejar a otras personas ir a la guerra con nosotros. Y nos hemos sentido abrumados por las oraciones y ánimos que hemos recibido. Bajo Dios, ellos nos han sostenido y han mantenido nuestros ojos en Jesús en medio de lo que se siente, por momentos, como dolor y miedo abrumador.

Dios trabajará en y entre su pueblo para salvarnos y sostenernos mientras valientemente nos acercamos juntos a Él. Él diseñó su universo para que funcione de esta manera, para que dejemos la autosuficiencia, y pasemos a una dependencia más completa en Él para todo lo que necesitamos, para que vez tras vez Él reciba la gloria.  

Por: Dave Zuleger

Fuente: https://www.desiringgod.org/articles/when-you-do-not-know-what-to-do

Traducido y publicado por: Mariafernanda Artadi

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