Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

¿Qué tan saludable es tu alma?

Seis preguntas para un nuevo año

“Te enfriaré imperceptiblemente, poco a poco, gradualmente.”

Al final de un año, en la cúspide de otro, recuerdo las palabras que una vez atormentaron el alma del pastor del siglo diecisiete, John Bunyan (1628-1688). Él imaginó al diablo merodeando cerca, no como un dragón furioso, sino como una serpiente paciente y calculadora, como alguien que espera “un tiempo oportuno” (Lucas 4:13).

“¿Qué me importa,” dice el tentador, “aunque tarde siete años en enfriar tu corazón si al final lo consigo? El balance continuo arrullará a un niño que llora hasta que se duerma, pero lograré mi objetivo” (Grace Abounding to the Chief of Sinners, 44).

El diablo utiliza muchas armas en su ataque en contra de nuestras almas, pero una de las más subestimada es simplemente el tiempo. Somos criaturas que cambian en una guerra larga, llamados a “resistir al diablo” no por un día o una semana o un año, sino por toda una vida (Santiago 4:7). Y la salud espiritual de ayer no garantiza la salud espiritual de hoy. 

Entonces, al final de un nuevo año, al borde de otro, paremos para tomarnos los signos vitales espirituales. ¿Qué tan saludable es tu alma?

Seis preguntas para el alma

Bunyan no es el único que nos exhorta a tomar atención. A lo largo de las Escrituras, los profetas y los apóstoles, los hombres sabios y el Dios hombre nos instan a vigilar nuestros actos, a prestar atención a nosotros mismos, a permanecer alertas “no sea que nos desviemos” (Hebreos 2:1). A menos que guardemos nuestro corazón “con toda vigilancia” (Proverbios 4:23), no será guardado. 

Para comenzar, quizás dirijamos nuestra atención a las seis áreas más importantes de la vida cristiana: nuestro corazón, nuestros hábitos, nuestra esperanza, nuestros enemigos, nuestros amigos, y nuestros vecinos.

1. Tu corazón: ¿Deseas a Dios?

Proverbios nos exhorta a que guardemos nuestros corazones con toda vigilancia porque “de él brotan los manantiales de la vida” (Proverbios 4:23). Si esta fuente está contaminada, todo lo demás está contaminado. Si el corazón está perdido, todo lo demás está perdido. Y el centro de un corazón saludable, su ritmo fuerte y su fuerza vital, es el deseo profundo por Dios. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Deuteronomio 6:5). 

Entonces, ¿cómo luce tu deseo por Dios en este momento? Al igual que David, ¿”la hermosura del Señor” se ha convertido en tu “única cosa”, el principal objeto de tus oraciones y la esencia de tus placeres (Salmos 27:4)? ¿Dirías como Asaf que Dios mismo es tu cielo y que la tierra no tiene rival para Él (Salmo 73:25)? ¿Tu corazón puede cantar junto con Pablo del “incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor” (Filipenses 3:8)?

Dios nos hizo para que tengamos hambre y sed de Él (Salmos 42:2), para desmayar y añorarlo (Salmo 63:1), para sentir Su ausencia como la muerte y Su presencia como la mañana de resurrección. Él nos creó para que lo deseemos. 

Por supuesto, nuestro deleite tiene altibajos a lo largo de esta vida caída. Ni siquiera el santo más maduro vive con una sensación contínua de cercanía de Dios. Pero, como escribe Don Whitney: “Una cosa es anhelar la sensación de la presencia de Dios sin experimentarla, y otra muy distinta es vivir cotidianamente sin ser consciente de Su ausencia” (Ten Questions to Diagnose Your Spiritual Health, 61)

Entonces, ¿lo deseas ya sea con gozo por Su cercanía o con dolor por Su aparente lejanía? ¿O se ha enfriado tu corazón hacia Aquel cuyo amor constante es mejor que la vida (Salmo 63:3)?

2. Tus hábitos: ¿Te acercas a Dios?

Típicamente, la salud de nuestro corazón hoy día refleja la salud de nuestros hábitos en las últimas semanas y meses. Un corazón frío a menudo delata una Biblia cerrada. Un corazón insensible a menudo revela una vida de oración descuidada. Y así, nuestros hábitos de hoy, profetizan el estado futuro de nuestro corazón. 

Los hábitos públicos (como la comunión habitual y la adoración colectiva) son cruciales para guardar el corazón. Pero los hábitos privados necesitan mayor atención por lo fácil que es omitirlos sin que nadie se de cuenta. Nadie ve si meditamos en las Escrituras o si visitamos el cuarto de oración o si ayunamos, y por lo tanto nadie ve si no lo hacemos. Pero muy a menudo, estos hábitos privados, estas resoluciones secretas, construyen los muros que protegen nuestros corazones. 

Entonces considera los últimos meses. ¿Qué tan frecuente (y con cuánto placer) has orado a “tu Padre que ve en lo secreto” (Mateo 6:6)? ¿Con qué regularidad (y con cuánto deleite) has meditado en Sus instrucciones vivificantes (Salmo 1:2-3)? ¿Qué tan familiar o ajeno te resulta el testimonio de Robert Murray M’Cheyne (1813-1843) quien una vez escribió en su diario: “Me levanté temprano para buscar a Dios y encontré a Aquel a quien ama mi alma. ¿Quién no se levantaría temprano para encontrarse con tal compañía?” (Memoir and Remains, 23).

3. Tu esperanza: ¿Vives con la mente puesta en el cielo?

Cerca del corazón de nuestra fe se encuentra la esperanza de que pronto viviremos con Dios en un mundo sin fin. Dejaremos atrás este cuerpo mortal por uno inmortal, estas lágrimas por canciones, esta tierra maldita por espinas por una “patria mejor” (Hebreos 11:16). Despertaremos ante el rostro que nuestras almas fueron creadas para ver, cuya mirada acabará con nuestros pecados remanentes y llenará nuestros corazones hasta rebosar de felicidad (1 Corintios 13:12; 1 Juan 3:2).

«Un corazón frío a menudo delata una Biblia cerrada. Un corazón insensible a menudo revela una vida de oración descuidada.»

Eso es lo que declaramos por fe. ¿También lo declaramos con nuestra vida? ¿Cuándo una persona nos ve sonriendo pregunta la razón de nuestro gozo y escuchan la respuesta: “del cielo”? ¿El peso de la gloria venidera pone nuestro dolor en perspectiva, de tal manera que gemimos sin quejarnos y nos lamentamos sin perder la esperanza (2 Corintios 4:16-5:2)? ¿Nos casamos y compramos y vendemos y nos reímos y lloramos como si “la apariencia de este mundo es pasajera” (1 Corintios 7:31), como si la vida que conocemos ahora fuese a estrellarse con la orilla de la eternidad?

Los que tienen la mente puesta en el cielo se caracterizan por su gozo obstinado en el dolor, sus expectativas modestas de este mundo, su estabilidad en el caos social, y su disposición a arriesgarse y sacrificarse como si el cielo compensara todas las comodidades perdidas aquí.

4. Tus enemigos: ¿No dejas que nada te domine? 

Los cristianos pueden tener enemigos humanos (Mateo 5:44), y ciertamente tenemos enemigos diabólicos (Efesios 6:12), pero nuestros enemigos más peligrosos no son humanos ni diabólicos, sino carnales (1 Pedro 2:11). Libramos una guerra interna, con ejércitos de “deseos engañosos” atacando el territorio que Cristo ha recuperado (Efesios 4:22). 

Al estudiar a estos enemigos, la respuesta de Pablo a los Corintios puede enfocar nuestra mirada allí donde no pensamos en ver:

Todas las cosas me son lícitas, pero no todas son de provecho. Todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar por ninguna. (1 Corintios 6:12)

A menudo los enemigos que nos resultan más costosos parecen lícitos, al menos al principio. No son de ese tipo de enemigos en blanco y negro, sino peligrosamente grises. La libertad cristiana asegura que nos podemos aventurar aquí sin culpa; nuestra conciencia se acostumbra al arreglo. Podemos ver estos videos, seguir estos influencers, tomar todas estas bebidas, fijarnos en la belleza de esta persona, publicar estos pensamientos en internet, pasar todo este tiempo navegando en el celular o entregarnos a estas fantasías de una vida diferente. 

Cada una de estas cosas puede parecer lícita e inocente, y cada una de ellas terminará dominándonos, llevándonos a una caída dolorosa o a una vida tibia. Si nos preguntamos si alguna actividad, placer o línea de pensamiento ejerce una influencia indebida sobre nosotros, podríamos preguntarnos: “¿podría renunciar a esto el próximo año? Si la respuesta es no, o incluso si la respuesta es sí en nuestra cabeza pero no en nuestro corazón, entonces ya no estamos lidiando con algo lícito. Estamos lidiando con un dominador, un enemigo vestido de inocencia.

5. Tus amigos: ¿Practicas los mandamientos de “los unos a los otros”?

En Cristo, ya no estamos solos, ya no somos independientes, autónomos ni desvinculados. Somos miembros de un cuerpo (1 Corintios 12:12), piedras en una estructura santa (1 Pedro 2:5), hermanos en una familia (Efesios 2:19). Somos los guardianes de nuestros hermanos, y nuestros hermanos son los nuestros. 

Los mandamientos de los unos a los otros en el Nuevo Testamento bosquejan nuestro llamado familiar; son el código de la casa de Dios. Al obedecerlos, no solo vivimos nuestra identidad en Cristo sino también nos convertimos en canales de la gracia de Dios para los demás. Los mandamientos de los unos a los otros, son una de las formas principales en que Dios hace que sus hijos maduren y los guarda hasta la gloria.  

Podríamos capturar la idea principal de estos mandamientos bajo cinco puntos:

  • Tener la mente humilde de Cristo (Filipenses 2:3; 1 Pedro 5:5).
  • Ofrecer la bienvenida imparcial de Cristo (Romanos 12:16; 15:7; 1 Pedro 4:9).
  • Hablar las Palabras duras y delicadas de Cristo (Colosenses 3:16; 1 Tesalonicenses 5:11; Hebreos 3:13). 
  • Mostrar el amor práctico de Cristo (1 Tesalonicenses 5:15; 1 Pedro 4:10; Gálatas 6:2)
  • Dar la gracia perdonadora de Cristo (Efesios 4:2, 32).

Al recordar el último año en tu iglesia local, ¿puedes pensar en cristianos específicos que son más santos, más parecidos a Cristo, por tu presencia en sus vidas? ¿Has dado motivo a tus pastores para liderar “con alegría y no quejándose” por la manera en la que has seguido alegremente su liderazgo (Hebreos 13:17)? ¿Has dicho palabras lo suficientemente reconfortantes como para traer de vuelta a un alma errante?

6. Tus vecinos: ¿Das a conocer a Cristo?

Finalmente, considera el mundo fuera de ti y de la iglesia. Encuesta tu vecindario, tu ciudad, tu colegio, tu trabajo, y las naciones en las que Cristo aún no ha sido nombrado. El último mandamiento que Cristo nos dio fue “hacer discípulos” (Mateo 28:19). ¿Lo hacemos?

Sin duda, los ritmos de evangelismo y discipulado van a variar a lo largo de las etapas de nuestras vidas. Personalmente, puedo testificar que dar a conocer a Cristo luce diferente como padre de niños pequeños que como estudiante universitario. Pero ninguna etapa de nuestras vidas nos exime de la gran aventura de la Gran Comisión. Tampoco puede un corazón genuinamente cristiano quedarse satisfecho al margen del avance del reino de Dios.

Entonces, ¿tu vida cristiana ha caído en la rutina de las actividades eclesiásticas, o aún sientes la emoción de seguir a Jesús a personas y lugares a los que nunca te acercarías de otra manera? ¿Sigues pareciendo extraño a un mundo alejado de Dios, hablando palabras extrañas, acogiendo a vecinos extraños, tomando riesgos extraños por amor a Su Nombre? E incluso en medio de una vida ajetreada, con niños pequeños o padres ancianos o demandas laborales exigentes, ¿sigues anhelando dar a conocer a Jesús de alguna manera?

Hacia un corazón más cálido

Los más tiernos entre nosotros podrían terminar estas preguntas sintiéndose recientemente desanimados o incluso condenados. El acusador de los hijos de Dios sabe como convertir la autoexploración a ejercicios de autocondenación. Pero el propósito de las preguntas incisivas no es hundirnos en un pozo de miseria, al menos no para aquellos que pertenecen a Jesús. 

Richard Sibbes escribe: “Si tomamos como verdad fundamental que hay más misericordia en Cristo que pecado en nosotros, no hay peligro alguno en tratar el tema a fondo” (The Bruised Reed, 12). Podemos atrevernos a tratar nuestros pecados con honestidad porque Jesús ya nos ha tratado con misericordia. Y siempre lo hará.

Así que no, el propósito de estas preguntas no es condenar, por lo contrario es exponer cualquier área que hayamos enfriado insensiblemente, de manera gradual, poco a poco. Y por lo tanto, el propósito de estas preguntas es acercarnos más al Señor, quien tiene suficiente calor para derretir nuestra frialdad, si tan solo nos acercamos a Él. 

Entonces, ¿en qué aspectos te has enfriado? ¿En corazón, en hábitos, en esperanza? ¿Hacia tus enemigos, tus amigos, tus vecinos? Lleva esa frialdad a Cristo Jesús. Recibe “la abundancia de la gracia” que Él tiene para ofrecerte (Romanos 5:17). Y luego considera cómo podrías recuperar un espíritu más cálido y caminar más cerca de Él este año. 

Por: Scott Hubbard
Fuente: How Healthy Is Your Soul?
Traducido por: Mariafernanda Artadi

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