Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

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Señor, quebranta mi corazón

Nos encanta cuando Dios nos libera de la angustia. Celebramos con razón que Él es un “refugio en momentos de [nuestra] angustia” (Salmo 59:16 NVI). “Desde mi angustia clamé al Señor, y él respondió dándome libertad” (Salmo 118:5 NVI). Todos experimentamos tal alivio de la angustia en diferentes momentos y de diversas maneras.

Pero hay ciertos tipos de angustia de los que no debemos ser librados; más bien, debemos pedirle a Dios que nos dé más.

Quebranta mi corazón por los perdidos

En una de las más grandes cartas escritas jamás, después de la más gloriosa explicación del evangelio registrada en el lenguaje humano, e inmediatamente después de un incomparable deleite en la esperanza cristiana inconquistable, el apóstol Pablo rompe en un lamento:

Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque desearía yo mismo ser anatema (maldito), separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes (los de mi raza) según la carne. (Romanos 9:1-3)

De pie en la cumbre de la esperanza donde nada en el mundo, visible o invisible, podría separarlo del amor de Dios que está en Cristo Jesús (Romanos 8: 37-39), Pablo se lamenta por aquellos que están en el valle sin esperanza y casi desea que podría ser separado de Cristo, si sólo esto resultara en que sus parientes judíos alcanzaran tal cumbre.

Pablo estaba afligido por la incredulidad judía en Jesús. Sentía angustia a nivel personal: era judío y conocía y amaba a cientos, tal vez a miles de judíos personalmente. Sentía angustia a nivel colectivo: Israel étnico era el pueblo escogido de Dios a quien “pertenece la adopción como hijos, y la gloria, los pactos, la promulgación de la ley, el culto y las promesas, de quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne, procede el Cristo (el Mesías), el cual está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos” (Romanos 9:4-5). Los judíos estaban rechazando a su propio Cristo, y esto causó en Pablo un “continuo dolor en [el] corazón”.

Este texto me deshace cada vez que me detengo a pensar en ello. La angustia de Pablo en comparación de mi frecuente ausencia de angustia me preocupa. Esto debería incomodarme. La angustia de Pablo no se debió a su débil comprensión de la soberanía de Dios en la elección, como vemos del resto de Romanos 9. La angustia de Pablo demuestra cuán profundamente comprendía su verdad, su complejidad, su misterio y sus límites intelectuales. Aquellos de nosotros que no sentimos tanta angustia demostramos que no lo comprendemos. Porque Jesús sintió la misma angustia cuando clamó:

¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! (Lucas 13:34)

Si podemos hablar de la elección de Dios y de la ceguera y la dureza espiritual de la gente y del rechazo a Cristo como categorías abstractas sin ser regularmente conmovidos profundamente, todavía no sabemos lo que deberíamos saber. Así que debemos implorar a Dios por el don de la angustia por los incrédulos que perecen, porque es tal angustia la que nos mueve a la acción.

Quebranta mi corazón por los perseguidos

Por supuesto, en la iglesia primitiva muchos cristianos eran judíos, y también habían judíos que rechazaban a Jesús, aquellos que angustiaban a Jesús y Pablo, y a veces los perseguían. Los cristianos judíos que experimentaban tal persecución eran probablemente los destinatarios de la carta a los Hebreos.

Y en Hebreos 13:3, el autor escribió: “Acuérdense de los presos, como si estuvieran presos con ellos, y de los maltratados, puesto que también ustedes están en el cuerpo.” Otra manera de decir esto es “compartan el sufrimiento de la angustia de los cristianos como si estuvieran en angustia con ellos”.

¿Es eso posible? según el hombre, no, no lo es. Es humanamente imposible incluso querer compartir el sufrimiento de otra persona como si fuera nuestro, mucho menos hacerlo. Era humanamente imposible para los lectores originales hebreos, que conocían a los encarcelados y maltratados, y mucho menos para nosotros, cristianos occidentales modernos, la mayoría de los cuales no conocen a nadie que padezca ataques y despojo de sus bienes (Hebreos 10:32-34). Ellos son distantes y difíciles de recordar. Y sin embargo, en este versículo, Dios nos manda compartir la angustia de los cristianos maltratados, porque “para Dios todo es posible” (Mateo 19:26).

Puesto que es imposible para nosotros, debemos implorar a Dios por el don de la angustia por la iglesia perseguida, porque es tal angustia la que nos mueve a la acción.

Quebranta mi corazón por los pobres

Hay otro sufrimiento al que los cristianos están llamados a ser parte, resumidas en estas cuatro palabras: “Acuérdate de los pobres” (Gálatas 2:10). Esto es especialmente cierto para los pobres de “la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Jesús se acordaba de los pobres. El vino a proclamarles las buenas nuevas (Lucas 4:18). Y la prioridad que les dio se ve en la prioridad que sus seguidores les dieron. Piense en Zaqueo dando la mitad de sus bienes a los pobres (Lucas 19: 8). Piense en los discípulos de Jesús asumiendo que Judas abandonó abruptamente la comida de la Pascua para dar algo a los pobres (Juan 13:29).

Pero tal recuerdo es quizá más bellamente retratado en Hechos 2:44-45, donde “Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común; vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos, según la necesidad de cada uno”. Esta es una señal y una maravilla: estar tan conmovido, tan afligido, por la angustia del otro, que uno da su riqueza para proveer para la necesidad del otro. Pero otra vez recordamos lo que Jesús dijo, de hecho, cuando alguien no diera su riqueza a los pobres, “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios” (Marcos 10:27).

De nuevo, ya que es imposible para nosotros, debemos implorar a Dios por el don de la angustia por los pobres desprovistos, porque es tal angustia la que nos mueve a la acción.

Lo que sea necesario, Señor

Estas clases de angustias son para ser deseadas, no para ser librados, porque no son malas, sino evidencias de gracia en el alma. Son las marcas del amor de Cristo. Por lo tanto, debemos pedirle a Dios:

Todo lo que sea necesario, Señor, aumenta mi angustia por los no creyentes que perecen, la iglesia perseguida, los pobres desprovistos y mi resolución de hacer lo que pueda para traerles liberación y alivio a través de todo el evangelio de Cristo.

Por: Jon Bloom © Desiring God Foundation.

Fuente: “Lord, Break My Heart”.

Traducido por: Daniel Elias.

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