Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

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Prisionero número 2491

La inspiradora historia del primer mártir nazi

Dietrich Bonhoeffer estaba en Londres cuando se enteró de la muerte de Paul Schneider. Él reunió a sus sobrinas y sobrinos para contarles.

«Niños, jamás deben olvidar el nombre de Paul Schneider. Él es nuestro primer mártir».

Schneider, al igual que Martin Niemöller y el propio Bonhoeffer, eran miembros de la Iglesia Confesante, pastores que no doblarían la rodilla ante el nazismo, sino que confesaron su lealtad a Cristo a cualquier costo.

Y Schneider fue el primero en sellar su testimonio del evangelio con su sangre.

Reconstrucción de una humanidad quebrantada

Al final de la Primera Guerra Mundial, Paul Schneider regresó del frente occidental a una Alemania en ruinas. Eso cambió la trayectoria de su vida. Había entrado al ejército con planes de convertirse en doctor. Ahora estaba enfrentado a un quebranto que superaba las habilidades curativas de un doctor. Él escribió:

Mi licencia para volver al país… me encontró decidido a dedicarme al estudio de la teología porque solo aquí había poder para reconstruir una nación quebrantada y una humanidad quebrantada.

Sin embargo, cuando se preparaba para graduarse de la escuela de teología, Schneider sufrió una crisis espiritual. El evangelio desmitificado que había adoptado no le dejó nada realmente consolador para proclamar ante un pueblo doliente. Él pospuso su examen de título y viajó a Berlín. Allí, en una misión en la ciudad, Schneider encontró creyentes cuyo ministerio estaba marcado por la realidad espiritual que deseaba.

Aquí hay personas que declaran que no solo conocen a Jesús y tratan de seguir su enseñanza, sino que lo poseen como el poder vivo de sus vidas… Aquí debo decirme a mí mismo: «Aún no eres tal hijo de Dios».

A través del testimonio de estos creyentes evangélicos, Schneider fue confrontado con su propia necesidad de vida nueva. Él imploraba:

¿Puedo pararme ante la congregación mañana con el mensaje de adviento y el gozo de adviento?… Oh Dios del cielo, dame el don de la fe… Tengo que poner un signo de interrogación detrás de todo lo que hago. Dios, tú puedes derramar Tu espíritu de amor sobre mí para que la interrogación se convierta en un alegre «sí y amén».

Dios escuchó su oración. Su futura esposa confidenció en su diario: «Vida eterna entró en su alma, y se llenó de gran gozo». Paul Schneider poseyó a Jesucristo como el poder vivo de su vida.

Hombre radiante de verdad

Vivificado por esta experiencia de redención, el fervor característico de Schneider fue reclutado para el servicio del evangelio completo. Un amigo lo describió como «un hombre de radiante calidez de corazón y un hombre de absoluta veracidad». Esta combinación vital se hizo inmediatamente notoria en su predicación. Ya no entregó signos de interrogación desprovistos de comodidad o convicción; más bien sus sermones ahora resonaban con llamados a confesar al Cristo bíblico y promesas de salvación para los corazones sufrientes. Predicando sobre la gloria de Cristo al calmar la tempestad, Schneider declaró:

Pero ahora, querida iglesia evangélica, tu desafío es confesar y dar testimonio… Estamos ansiosos y temerosos… No vemos de qué forma la pequeña barca indefensa de la iglesia puede ser preservada entre los poderes y las fuerzas del mundo. Pero entonces debemos recordar: en esta barca el Señor está con nosotros y… ¡pronto despertará!

Vara de consuelo, dulce carga

Ordenado en 1926, Schneider se hizo cargo de la iglesia de su padre en Hochelheim. Con este ingreso, pudo llevar a casa a su «Gretel», Margaret Dietrich. Paul y Margaret se convirtieron en un notable apoyo el uno para el otro, «tanto una vara de consuelo como una dulce carga», escribió ella. En 1935, mientras él estaba detenido por la Gestapo, ella lo alentaba:

Estoy satisfecha con la decisión que has tomado. Sé muy bien cuánto te molesta algo cuando no puedes hacerlo de todo corazón. Sabes que en el exterior puedo contenerme, pero también hay lágrimas que no he llorado. Que Dios nos dé a ambos la fortaleza para andar en sus caminos.

Más tarde, en 1937, él le exhortó a ella desde el campo de concentración en Buchenwald:

Preveo un tiempo cuando cada cristiano sincero se verá obligado a confesar abiertamente y declarar libremente su fe. Pronto será tu turno por causa de nuestros [seis] hijos… Dios te dará la fuerza, mi amor, para hacer lo correcto.

Testimonio del pastor Schneider

El camino a Buchenwald serpenteó a través de varios años de creciente conflicto con la Gestapo. Ellos catalogaron su predicación de la verdad bíblica de «psicológicamente desviada» y recomendaron: «Este hombre pertenece a los campos de concentración». De sus dos años en Buchenwald, el Prisionero #2491 pasó dieciocho meses en confinamiento solitario porque seguía realizando devocionales en las barracas.

Él le confidenció a un camillero del campo: «No hay ningún punto en mí que no hayan dejado amoratado a golpes». Le echaron los perros, lo golpearon con látigos, lo alimentaron con una dieta regular del sedante cardiaco estrofantina, que finalmente —con una fuerte dosis— lo mató. A Margaret le dieron 24 horas para recoger el cuerpo, y clavaron su ataúd para que no pudiera ver lo que él había sufrido.

A pesar de la fuerte observación de los oficiales nazis, el funeral de Schneider atrajo a cientos de pastores de la Iglesia Confesante y sirvió como punto de reunión para su valentía en la proclamación. Cuatro pilares de la confesión de Schneider pueden igualmente animarnos en nuestro propio testimonio cristiano.

1. Cobrar fuerza en la soberanía de Dios

Apoyado en la Escritura, los escritos teológicos de Calvino, y del Catecismo de Heidelberg, la confianza en la soberanía de Dios sostuvo a este pastor sufriente en el sacrificio de alabanza. En lugar de poner su esperanza en evitar el sufrimiento, Schneider escribió: «Ciertamente aún vivimos en este mundo, y con este pueblo sufriente, y también compartimos sus sufrimientos». Él continuó: «Pero tenemos una comisión y un llamado de otro mundo y nuestra ciudadanía está allí. Y sabemos que a pesar de todo, ese mundo un día será victorioso. Por lo tanto, nos alegraremos en la tribulación».

2. Navegar siguiendo la Estrella Polar de la Escritura

Gretel le escribió a Paul en la prisión para preguntarle: «¿Qué haces todo el día?». Su respuesta fue una ventana hacia su resistencia en la verdad: «Soy un alumno en la escuela de la Palabra de Dios». Esta priorización del texto bíblico marcó todo su ministerio. Es admirable que cada uno de los sermones existentes de Schneider, vistos contra el bombardeo de los cambios sociales, económicos y políticos contemporáneos a su pastorado, sean una exposición del texto bíblico. Helmet Golwitzer llama a este compromiso el «liberador efecto de los sermones textuales».

El texto bíblico no debería ser un mero lema que se pone al comienzo de un sermón… sino que debería tener pleno control del predicador. La subordinación del predicador a su texto lo libera de todas las demás autoridades; de las autoridades eclesiásticas —esa fue la experiencia liberadora de la Reforma— y de las autoridades políticas —esa fue la experiencia liberadora en tiempos de la dictadura de Hitler.

3. Cobrar mayor fuerza de un gozo más profundo

Los nazis implementaron un programa llamado Fuerza a través del gozo. Este era un intento de extirpar la «debilidad» causada por el «temor a la muerte y una mala conciencia» inherente a la cosmovisión judeocristiana. En su lugar, el nazismo anunció «un gozoso mensaje que liberó a los hombres de las cosas que abrumaban sus vidas».

Schneider reclamó esta idea de fuerza a través del gozo, argumentando que había una fuerza superior disponible para los creyentes cristianos porque podían acceder a un gozo superior: «Conocemos un gozo que se apoya en el fundamento más profundo y les ha otorgado a miles de creyentes cristianos el poder para sacrificar sus vidas… Nuestra fe trae un mayor gozo y por tanto una mayor fuerza». La Iglesia Confesante estaba armada para superar en gozo —y por tanto para vencer— a los mismos que los mataban.

4. Escoger la seriedad de la eternidad

La convicción que causó un impacto formativo en el ministerio de su esposo, recordaba Margaret, fue «su reconocimiento de que cada individuo se puede perder por la eternidad». La luz de la eternidad proveyó una muy necesaria perspectiva ante la exigencia nazi de que todos los alemanes rindieran su ciudadanía celestial por un lugar en «la única vida eterna en este mundo». Armado con una perspectiva eterna, Schneider rehusó permitir que el hombre ateo, por poderoso que fuera en su momento presente, definiera cuál era la iglesia real, quién era el Cristo real, o cómo se comportaban el verdadero amor y la unidad.

Este peso de la perdición eterna se extendía al horror del campo de concentración. Sonaba sobre el terreno de los desfiles, mañana tras mañana, desde una pequeña ventana en confinamiento solitario. Un interno que encontró a Margaret después de la guerra con el fin de contarle lo que ella debía saber, y ya habría sabido, acerca de su esposo, registró lo siguiente:

Cada mañana se escuchaba la voz de Schneider resonando fuerte y claro desde el edificio de aislamiento, casi a través de toda la plaza, cuando decenas de miles habían hecho fila para enlistarse: «Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo a salvarnos de nuestros pecados. Si tenemos fe en él, somos justificados con Dios. No debemos temer lo que el hombre pueda hacernos porque por medio de Cristo pertenecemos al reino de Dios… Nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros, ha prometido que por la fe en él podemos participar de su resurrección. Él dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, no morirá jamás”. Acepta al Señor Jesús como tu Salvador, y Dios te recibirá como su hijo».

Por: Nathan Tarr © Desiring God.

Fuente: “Prisoner Number 2491”.

Traducido por: Elvis Castro de Proyecto Nehemías.

Edición: Daniel Elias.

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