Reflexión y Recursos Bíblicos basados en la Gracia de Dios

atardecer

Nunca culpes a Dios

No eres el primer cristiano que se ha sentido enojado con Dios. Y no serás el último en sentir el impulso de echarle la culpa.

Nosotros los cristianos podemos sentirnos propensos, en nuestro dolor, a señalar con el dedo y levantar el puño al cielo. Si creemos en Dios en absoluto, debemos creer que Él es más grande y más fuerte de lo que incluso podemos imaginar. Nuestras Biblias están llenas de lo que podríamos llamar versículos del “gran Dios”. Se nos dice que Dios hace lo que le place (Salmos 115:3; 135:6), nada sucede fuera de Su control (Lamentaciones 3:37-38; Job 2:10; Proverbios 16:33; Proverbios 16:33; Mateo 10:29), Él logrará todos sus planes (Job 42:2; Isaías 46:10; Daniel 4:35), y ni siquiera un ser humano rebelde puede frustrarlo (Proverbios 21:1; Apocalipsis 17:17). Incluso cuando otros hacen el mal contra nosotros, Dios lo cambia para bien (Génesis 50:20). Él es más fuerte que cualquier amenaza contra sus hijos, y todo lo que con amor permite en nuestras vidas, Él lo hace para nuestro bien completo y final, incluso cuando es realmente doloroso y desagradable (Hebreos 12:11).

Hablamos de Dios trayendo pruebas a nuestra vidas, y Dios probándonos, y que deberíamos tener gozo. “Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas (tentaciones), sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia (perseverancia)” (Santiago 1:2-3). Y sin embargo, necesitamos tener cuidado, a medida que nuestra visión de Su soberanía se expande, de no atribuirle algo de una manera en que las Escrituras no lo hacen. Santiago mismo, viendo un posible malentendido de Su poderosa manifestación para contar nuestras pruebas como gozo, quiere asegurarse que sepamos que Dios no es el dispensador del mal de la misma manera en que Él es el dador del bien. Él permanece soberanamente sobre el bien y el mal, pero se encuentra directamente detrás del bien, e indirectamente, por así decirlo, sobre el mal.

Dios mismo no tienta a nadie

En la misma sección de apertura de su carta, y justo ocho frases después de su ahora famosa orden “tengan por sumo gozo”, Santiago hace su aclaración fuerte y precisa. Dios es en efecto soberano sobre todas nuestras pruebas, y las usa para nuestro bien, de tal manera que podamos tenerlas (incluso cuando no lo sintamos naturalmente) por “sumo gozo”. Sin embargo, él dice:

Que nadie diga cuando es tentado: “Soy tentado por Dios.” Porque Dios no puede ser tentado por el mal y El mismo no tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por sus propias pasiones. (Santiago 1:13-14)

En griego, el sustantivo pruebas en el versículo 2 y el verbo tentar en los versículos 13-14 tienen la misma raíz y hacen la conexión más clara para los lectores originales, incluso cuando estas palabras adquieren distintos significados en sus contextos (y así las traducimos de manera diferente en Español). El versículo 2 hace hincapié en las pruebas externas, mientras que los versículos 14-14 se centran en la tentación interna.

Lo que Santiago espera sostener para nosotros tanto en nuestras pruebas externas y nuestras tentaciones internas resultantes es que Dios nunca es el culpable. De hecho Dios es soberano sobre el mal, pero de tal manera que nunca es el autor del mal. Él nunca es el culpable de nuestro dolor, sino más bien el Soberano a quien nos dirigimos en busca de ayuda. Ahí es donde Santiago 1:5 entra en juego: “Y si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Dios es el dador generoso de la sabiduría para navegar por nuestras pruebas, no el que tiene la culpa de ellas, incluso cuando Él reina sobre ellas. Santiago 1:16-17 tiene esta aclaración muy a la vista:

Amados hermanos míos, no se engañen. Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación.

De hecho Dios está plena y completamente en control de su mundo, desde los más grandes detalles hasta los más pequeños. Él trae sufrimiento y dolor en nuestras vidas — pero nunca de tal manera en que Él es el culpable de nuestro dolor. Él es el que da abundantemente cuando le pedimos. Él es el único a quien vamos por ayuda. Él es el dador de toda buena dádiva y todo don perfecto, a quienes buscamos por alivio, no a quien señalamos con el dedo en nuestro dolor.

El sufrimiento prueba nuestro amor por este mundo

Por mucho que Santiago pueda tener hoy la reputación de un “maestro de sabiduría” que escribe dichos desconectados en sucesión, un tren de pensamiento coherente que funciona en conjunto como un todo, surge aquí en su capítulo de apertura. Santiago 1:6-8, por tanto, llega a ser más claro a la luz de su orden de no culpar a Dios en el dolor, sino de venir a Él por ayuda.

Pero que pida con fe, sin dudar. Porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, ese hombre, que recibirá cosa alguna del Señor, siendo hombre de doble ánimo (que duda), inestable en todos sus caminos.

La duda aquí (como a menudo es malentendida) no es una humilde crisis de fe, sino un arrogante enojo contra Dios. No se trata de dudar sobre su existencia tanto como dudar de su bondad en el sufrimiento. El pecado fundamental que Santiago llama la atención en su carta es este doble ánimo (Santiago 1:8; 4:8), que es una especie de compromiso a medias con el mundo. Es una “amistad con el mundo” y “enemistad hacia Dios” (Santiago 4:4). Esto es lo que el sufrimiento hace: prueba nuestro amor por este mundo. ¿Somos de doble ánimo, tratando de poner nuestra confianza en Dios y su mundo, o Él es nuestro mayor tesoro?

El corazón de esta doble mentalidad es culpar a Dios por nuestro dolor, mientras que al mismo tiempo, le pedimos ayuda y alivio. Pero como Santiago 1:17 aclara, Él es “el Padre de las luces”, no es el responsable de la oscuridad.

Los caminos asimétricos de Dios

Los caminos de Dios no son ilógicos, sino que a menudo desafían los poderes de la lógica — es decir, que no parten estrictamente desde las premisas humanas y llegan a las conclusiones humanas. La verdad de que Dios es soberano sobre todas las cosas (Romanos 11:36) no significa que Él sea soberano sobre el bien y el mal de la misma manera. Él está directamente detrás de cada buena dádiva (Santiago 1:17), pero no directamente detrás del mal (Santiago 1:13). Él es el dador de todo don bueno y perfecto, pero nunca el autor del mal.

Un pasaje en la Biblia donde dicha asimetría en Dios es capturada tan hermosamente y poderosamente, como una luz que brilla en medio de una densa oscuridad, es Lamentaciones 3:32-33. En los días más desolados de la historia compleja del pueblo de Dios, cuando un ejército extranjero ha diezmado la ciudad santa, el profeta no culpa a Dios por la devastación que ha traído sobre Jerusalén. Más bien, él recuerda estas declaraciones gloriosas y asimétricas que mantienen la esperanza en la ayuda de Dios.

Antes si afligiere, también se compadecerá según la multitud de sus misericordias.
Porque no aflige ni acongoja de su corazón a los hijos de los hombres.

A pesar de que Dios aflija, él no aflige de su corazón. A pesar de que Él acongoje, él no lo hace de su corazón. ¿Esto es un doble discurso? o ¿Apunta poderosamente hacia algo profundo en el corazón de Dios que puede ayudarnos a saber que podemos confiar en Él, pase lo que pase?

Su misericordia es más

Un avistamiento similar de dicha asimetría la vemos en Romanos 9:22-23. El apóstol Pablo hace claro en este capítulo, que Dios es soberano sobre todas las cosas, incluyendo el destino eterno de los seres humanos moralmente responsables – y sin embargo eso no significa que Dios quiera el bien y el mal como fines iguales.

¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira que estaban preparados para destrucción? ¿Y qué si, para dar a conocer las riquezas de su gloria, se las mostró a los vasos de misericordia que él de antemano preparó para esa gloria? (RVC)

El punto de esta pregunta retórica es claro: La demostración de la ira y el poder de Dios son acciones penúltimas. Ellas siempre sirven a un propósito mayor — en el universo y en su propio corazón: para dar a conocer las riquezas de Su gloria a aquellos que ha tenido misericordia. Como John Piper comenta sobre estos versículos.

Aunque Dios logra todas las cosas por el consejo de su voluntad, Él no da lugar a todas las cosas de la misma manera. Tal vez para el logro de algunas cosas Él emplea agentes intermediarios. O para decirlo de otra manera, su corazón está comprometido de diferente manera en diferentes hechos, amando algunos hechos en sí mismos e inclinándose a otros sólo en la medida que son preferibles en relación con fines más grandes (por ejemplo Lamentaciones 3:33). Si este es el caso, Pablo estaría diciendo implícitamente que no es la ira sino la misericordia el objetivo más grande y general por el que Dios hace todas las cosas. (La justificación de Dios, 213-214).

Enojarse con Dios siempre es pecado

Una vez que hemos aprendido y adoptado esta penetrante verdad bíblica de que Dios es soberano sobre todas las cosas, Satanás puede tomar una nueva táctica en sus ataques hacia nuestra fe. El mundo, la carne, y el diablo pueden conspirar en nuestro sufrimiento para tentarnos a estar enojados con Dios por traer o permitir el dolor y la pérdida en nuestras vidas. Tal enojo contra Dios siempre es pecado en nosotros de alguna manera o forma. Nunca es correcto estar enojados con Dios. Nunca tenemos la causa justa para echarle la culpa. Él siempre está en lo correcto. En Él está la luz, y en Él no hay tiniebla alguna (1 Juan 1:5).

Enojo por el pecado es bueno (Marcos 3:5), pero enojo por la bondad es pecado. Por eso nunca es correcto estar enojado con Dios. Él siempre es bueno y sólamente bueno, sin importar cuán extraño y doloroso son sus caminos para nosotros. Enojarse con Dios significa que Él es malo o débil o cruel o tonto. Nada de eso es verdad, y todos esos adjetivos le deshonran. Por lo tanto, nunca es correcto estar enojado con Dios. Cuando Jonás y Job estuvieron enojados con Dios, Jonás recibió la reprensión de Dios (Jonás 4:9), y Job se arrepintió en polvo y ceniza (Job 42:6).

… [Tan] doloroso como su providencia puede ser, debemos confiar en que Él es bueno, no enojarnos con Él. Eso sería como enojarse con el cirujano que nos corta. Podría ser correcto si el cirujano comete un desliz o un error. Pero Dios nunca comete un desliz (Piper, Nunca es correcto estar enojado con Dios).

Sin embargo si encontramos, como muchos cristianos tienen, que tenemos enojo en nuestros corazones hacia Dios, digámoslo alto y claro, no deberíamos añadir el pecado de la hipocresía al pecado de estar enojados con Dios. Seamos honestos sobre el pecado, confecémoslo como tal, y no llamemos a otros para celebrarlo. Jamás debemos cultivar o tratar de despertar el enojo contra Dios en nosotros mismos o en cualquier otra persona. El enojo puede ser justo, pero el enojo hacia Dios nunca es justo. Nuestro enojo hacia Dios siempre traiciona alguna falta en nosotros, nunca en él.

Vamos a ayudarnos unos a otros

Tales verdades simples y complejas se mencionan semana tras semana en nuestras iglesias locales y comunidades cristianas. Vamos a animarnos entre sí para ser el tipo de personas que modele y fomente el pensamiento correcto y los sentimientos correctos sobre Dios en nuestro sufrimiento. Siempre es pecado estar enojados con Él, y Él nunca tiene la culpa en nuestro dolor. Él “no puede ser tentado por el mal y Él mismo no tienta a nadie”. Nunca animemos a la gente a estar enojados con Dios.

Y también vamos a buscar ser personas que extiendan una amplia gracia a aquellos que están en la agonía del sufrimiento. Los cristianos se enojan con Dios. A menudo escucharemos “palabras que se las lleva el viento” (Job 6:26), cuando las personas están sufriendo dicen cosas en su dolor que en realidad no quieren decir en el fondo y realmente no sostienen a largo plazo.

Cuando las personas están enojadas con Dios, aquellos de nosotros que amamos los versículos del “gran Dios” y conocemos los matices de su palabra deberíamos ser el lugar más seguro para venir y ser honestos.

Por: David Mathis © Desiring God Foundation.

Fuente: “Never Blame God”.

Traducido por: Daniel Elias.

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